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Full text of "Pedro Figari 1911 El Momento Politico"

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PEDRO PiGAKi 

i 




I9I0-I9II 



Sumario — Índico 



Mi propósito . . . . . .’ 


(Diciembre 


22) - 


páíj. 


5 


Dilema que se plantea. . . 


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Origen de nuestras pertur- 






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bacionds T/\. . ... . 


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•Situación de los partidos . 


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Nuestro sentimentalismo . 


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26 


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Partido constitucionalista. 


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27 


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18 


Ausencia de ideas . . . ; 


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28 




2! 


La Presidencia. 1... . . . 


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25 


Causas^qiie agravan los vi- 










cios.de nuestro régimen. 


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30 


Coparticipación . . . ... 


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31 




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Bella oportunidad que se 




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pierde . .. . . . . . . . 


Enero , 


2 


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La promesa de Batlle. . . 


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Cómo podrá operarse la' 






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- rotación. . .... 


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Rotación de los partidos. . * 


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El candidato. . . . . . 


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Perfilando más al candidato 


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Gobiernode partido. . . . 


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61, 


El veto . . . . . . . . . 


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65 


Iniciativas que avanzan.. . 


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13 


» 


69. 



Vv; Artículos publicados on “La Razón” 

- * , \ ' * 



MONTEVIDEO 

Talleres Gráficos <>EI Arte», Reconquista 1 05 

" O. , fifi. BCRTANI 
1911 




Mi propósito 



En medio del desconcierto genera! que nos 
aturde y nos abruma, debemos serenarnos para 
mejor inquirir sus causas determinantes que, 
acaso, ellas mismas nos sugieran lo que con 
viene hacer. 

Sería un funesto error suponer que aún hoy 
puede cimentarse la buena política en maquia- 
velismos añejos, en « vivezas >, ó en simples re- 
cursos de habilidad formal porque, en el mejor 
de los casos, solo se cosechan bienes efímeros 
por estos medios. 

Es necesario elevarse, poniendo cada cual de 
su parts todo la ecuanimidad que pueda naT.ar 
dentro de sí, .y preceder con la sinceridad con 
que debe procederse en las cuestiones graves, 
principalmente. El partidarismo por más deci- 
dido que fuere no impone, ni puede imponer la 
intolerancia, ni la deslealtad, ni la mentira, ni 
la injusticia desde que, frente al país, los par- 
tidos son simples medios de acción y estos solo 
pueden tener derecho á -exteriorizarse en forma 
lícita. Por lo demás, hasta es útil la diversidad 
de recursos y de criterios. 

El fin de los partidos es servir al país, que 
está y debe estar por arriba de los partidos y 
de todos' los intereses y deberes partidarios. 

Yo expondré, pues, el resultado de mis ob- 
servaciones con la amplitud que me sea posible, 
en la inteligencia de que así interpreto, mejor 
que de otra manera alguna, las tendencias libé- 
lales de mi partido. 



- 3 — 




Dilema que se plantea 



Losjjjii^^ todos c^ojnvulsi- 

vos, graves y congruentes :1a revuelta ffi a abs- 
tención naci onalista , Aii renuncia colectiva de 

los miembros nació nal islas del cner_pji__le gis la^- 

tivo ; ^a~ no aceptación de las proclamaciones, 
ofrecid as á a lgunas conspicuas pers onalidades 
ajenas á los partidos tradic ionales ^ ^ vet o que 
opone la co lectividad nacionalista al candi dato 
de la mayoría, todo esto acusa - desorganización 
democrática. 

No es menester que examinemos muy analíti- 
camente estos fenómenos : 1 a _r evo lu ci ó n_e n ins- 
tantes en que^el país ,ma^icha^en.^YÍas_de .una 
prosperidad - innegable, £_c\idndo las propias 
autoridades del partido que se yergue así, pro- 
clamaron la necesidad de ir á la lucha coini- 
cial; la abstención, á raiz de haberse dictado 
una ley electoral avan zada^“coTr^ll asen ti miento 
y el voto de los mismos representantes de aque- 
lla colectividad; la renuncia de éstos antes de 
haber dejado bien estabjecido qué ideales per- 
seguían y qué decepciones han sufrido, en el 
jilto cuerpo en_que—xictuaban; la^jiegativa á 
aceptar. ..el ofrecimiento Jiecho á algunos con- 
ciudadanos ajenos á las disidencias actuales de 
p arti do, jior las autoridades dé_ la colectividad 
que asume el poder; el veto del partido nacio- 
nalista y la propia forma en que cada una de 
estas colectividades, fracciones y núcleos de opi- 
nión se han producido, sin orden, ni armonía, 
llegándose-ai extremó de no encontrar una fór- 
mula aceptable por los que iban á asumir una 
misma actitud, no es necesario, digo, que acu- 



- 4 — 




damos al detalle — que no haría más que ro- 
bustecer las conclusiones que emergen de los 
lincamientos generales — para ver con toda cla- 
ridad que, á pesar de nuestras ampulosas pro- 
clamas, no estamos aun preparados para vivir 
plenamente la vida de las instituciones que nos 
rigen. Y se presenta así, de inmediato, este pro- 
blema previo : ¿ Es el caso de insistir en nues- 
tro propósito de tomar una senda francamente 
institucional, ó debemos volver al régimen de 
los acuerdos y demás convenios extralegales, 
para asegurar la tranquilidad y la paz pública? 

He ahí el dilema que de nuevo nos plantea 
este momento. 

No puede ne gar se^ ue-la^ná^aLULUspiracióii 
patriótica de Jioy día, es la paz. Por demás ru- 
dos y desalentadores y estériles han sido nues- 
tros largos experimentos á base de sangre, y 
por demás claros y aleccionadores son los ejem- 
plos que nos ofrecen todos los pueblos de la 
tierra, para que pueda cuestionarse al respecte. 
Los mismos caudillos que se levantaron en ar- 
mas, formularon de inmediato excusas sobre su 
aetitud guerrera, expresando que el movimiento 
en que estaban empeñados debía efectuarse sin 
derramamientos de sangre, y sin quebrantos ma- 
teriales. 

Lajpaz, empero, „ no_-depende_exclusLv am ente 
del partido gue_ejerce el poder. La paz efecti- 
va, l a verd adera p a tampoco j>s ni puede ser 
^)bra de JLa imposición de la fuerza. Se requiere 
también el concurso de todas las agrupaciones, 
porque de masia do sab i d opsjbntre nosotros, por 
lo menos, quc.cn nuestra despoblada campaña 
puede siempre alterarse el orden, con mayor ó 
menor intensidad y duración, y basta cualquier 




convulsionamiento parajc&usar graves daños al 

país. Este sumo bien, pues, tiene que ser el re- 
sultado de un convencimiento unánime; más 
aún^dc esta conciencia íntima: La paz es una 
común necesidad imperiosa; es un tesoro insu- 
perable, como el honor y la dignidad nacional. 

Sólo así podrá ser positiva y fecunda. 

Hasta que este postulado no pueda penetrar 
en lo íntimo de las conciencias todas, siquiera 
sea en la de todos los dirigentes ; hasta que la 
cultura del pueblo no haya eliminado radical- 
mente la violencia de entre los factores norma- 
les de acción, no seremos dignos del nombre de 
republicanos que tanto nos enorgullece, y la 
paz será un bien nrecario. 




6 - 




Origen de nuestras perturbaciones 



Las causas de nuestras conmociones no de ben 
bus carse en el plano_dg las actitudes y gestos 
de las partid os, en cada caso. Estos s on e fectos ; 
y las causas deben hallarse pues, en un plano 
más fundamental. 

La causa principal de nuestros co nflic tos está 
en la aus encia de , ideales _ concretos ^ e gobierr 
no y de partido. Nuestras agrupaciones parti- 
darias lejosde definir con precisión sus pro- 
gramas, han adoptado simples generalidades que 
dejan libre campo á lo arbitrario, en cuyos do- 
minios caben todas las ilogicidades, y de ahí 
que puedan tan á menudo preferirse los tanteos 
empíricos á las reglas de gobierno más admiti- 
das en las sociedades regulares. 

Con el fin de engrosar las legiones partida- 
rias, ó bien para que éstas no se debiliten, en 
vez de fijarse un programa cada día más pre- 
ciso, se han adoptado vaguedades que permitan 
la entrada á todas las gamas de la opinión,— 
incluso las que son radicalmente opuestas: desde 
el clérigo tonsurado hasta el mismo tragafrailes. 

Este ardid ha tenido por fuerza que producir 
las peores consecuencias, porque si es discreto 
determinar coaliciones entre elementos más ó 
menos heterogéneos, no es sonsato ni eficaz 
mancomunar definitivamente tendencias diver- 
sas hasta el antagonismo. 

Es absurdo que se asocien de un nmdq^pfiiz., 
manente los que opina n en oposición — c lericales 
y liberales, verbigracia — porque es fatal^jpue 
una de las dos tendencias en caso de triunfo, 
tendrá que subordinarse á la otra, y para la 



— 7 — 




parte sometida , el triunfo significará una de- 
rrota. Una derrota campa l. 1 

Apenas se observe cómo se reclutan las uni- 
dades de nuestros partidos tradicionales, se 
comprende que debe reinar en ellos la más an- 
tojadiza promiscuidad de ideas y tendencias, por 
cuanto se prescinde enteramente del modo de 
pensar de los afiliados sobre las grandes cues- 
tiones públicas. 

Así, por ejemplo, se plantea á menudo esta 
interrogación: ¿Es equitativo que el Partido Co- 
lorado se mantenga en el poder indefinidamente, i 
utilizando para ello las mismas influencias ofi- 
ciales, en tanto que el Partido Nacionalista ( que, 
según se dice, representa á medio país ) se halla 
fuera del poder, y con visos de perderlo sin 
esperanza alguna? 

Por escasa que sea nuestra ecuanimidad, con- 
testaremos con una rotunda negativa. Eso no 
es de equidad. 

Así encarada la cuestión, no pueden caber dos 
opiniones ; y por io común no se inquiere más. 
No es que se trate de averiguar si se ha com- 
probado eficientemente la representación numé- 
rica que se alega, pero es que ni se indaga con 
minuciosidad, como debiera hacerse, qué ten- 
dencias diversas determinan la oposición con el 
partido que asume el poder. Se juzgan hechos 
y precedentes que pueden, si acaso, enardecer 
pasiones, mas no seleccionan ideas. Se rehuye 
así el debate, en las cuestiones que más lo re- 
quieren. 

Y lo más singular es que las mismas tradi- 
ciones no se aducen por el partido nacionalista, 
como bandera de lucha. Por el contrario, se ha 
dicho y repetido que sería una < obra santa el 



— 8 — 




que se descoloren las divisas >. confundiéndose to- 
dos los ciudadanos en una sola aspiración co- 
mún, nacional. Ha habido días, no muy lejanos, 
en que se creían extinguidas las divisas que hoy 
parecen enardecernos. Pero hay algo más sin- 
tomático aún y es que, por repetidas veces, ha 
proclamado ePpartido nacionalista, por medio de 
sus porta- voces, q ue dicha colectividad atiene 
MénticosAdeales » que__la_ nuestra. _ 

El propio documento de renuncia colectiva de 
los legisladores del credo nacionalista, lo esta- 
blece categóricamente así. 

Todo eso significa que estamos á un paso de 
la solución. Si esto es verdad ; si son sinceras 
esas manifestaciones como debe suponerse, para 
realizar una tan honda aspiración nacional, no 
falta más que reconocer con franqueza la enor- 
midad de la aberración que implica una recia 
lucha en contra, cuando se está de acuerdo ; v 
nos hallaríamos así en el epílogo de nuestras 
discordias. 

¿Qué significado tendría el esfuerzo del par-' 
tido colorado para mantenerse en sus posicio- 
nes, si pugna contra él un^par tido que ostenta 
en su bandera idénti c as a spiraciones., idénticos 
anhelo s ? ¿Y qué justificación tiene el partido 
del llano, para no refundirse en el partido que 
ejerce el poder, si este realiza sus propios an- 
helos y aspiraciones? 

De otro modo: ¿es sólo una sustitución de 
personas, de denominaciones ó de procedimien- 
to s, Tó qu <T~ sé busca ? ¿Es un simple prurito, 
una susceptibilidad de amor propio. lo__que per- 
turba y jl! es angra al país? 

Si se da por admitido, según se afirma, que 
tienen iguales anhelos ambos partidos, no son 



9 — 





partidos diversos, sino un solo partido dentro de 
cuyas filas hay rebeldes que, sin hacer cuestión 
de principios y sin determinar sus verdaderos 
agravios en forma, se levantan en contra de sus 
propios ideales, y con detrimento del país. 

Es innegable que si las dos grandes colectivi- 
dades que están frente á frente, como si divi- 
dierán muy á fondo la opinión del país tienen, 
en cambio, idénticos ideales, no hay más que 
una sola opinión en el país y, por ende, esta- 
mos pugnando á sangre y fuego por un absurdo, 
por el más voluminoso absurdo que pueda darse, 
desde que al combatir al adversario nos comba- 
timos nosotros mismos, luchando en contra de 
nuestros propios anhelos. Esto es de una evi- 
dencia axiomática jy de una originalidad úruca» 

No habiendo pues antagonismos substanciales, 
una simple disidencia en cuanto á los medios de 
ejecución, ¿justificaría que la mitad del país se 
halle en perpetua oposición y militarizada, con- 
tra la otra mitad? 



o 




Situación de los partidos 



Tal como está planteada la lucha: la mitad 
del país ( digamos, para aceptar las propias ma- 
nifestaciones del partido del llano) está frente 
á la otra mitad, en pugna por la suma integral 
del poder. 

Esto de por sí es una enormidad. Basta enun- 
ciar este antecedente, para que se vea que es 
por demás primitiva la composición de los ele- 
mentos de la opinión pública. 

Esto demuestra, desde luego, que no interesan 
aquí las grandes cuestiones sociales, económicas 
y políticas que tanto entusiasman á las sociedades 
adelantadas, cuestiones que tienden á ser cada 
vez de una mayor complejidad. 

Pero cuando se agregue que esa mitad de opo- 
sición, no expone sus verdaderas aspiraciones 
< de oposición », limitándose á manifestar sim- 
ples vaguedades declamatorias, y todavía por 
encima de tan extraordinario caso, se afirma 
que son idénticos los ideales de ambos partidos, 
habrá de sorprender tamaña rareza. 

Ni se formulan los principios de gobierno á 
que habría de ceñirse dicho partido en caso de 
triunfo, de modo que el país, tan interesado como 
está en sus propios asuntos, no sabe qüé sig- 
nificado tendría tal acontecimiento. 

¡Es un caso realmente original! 

No son pocos de entre los mismos nacionalis- 
tas, que manifiestan no desear el triunfo de su 
partido, alegando distintas razones las más di- 
versas y curiosas, sin excluir las conservado- 
ras!... Si bien hay que desconfiar de la since- 
ridad de estas expansiones, es preciso reconocer 



- 11 - 




que tal hecho — el solo hecho de formularse, y 
cualquiera sea su apreciación — es un contrasen- 
tido. ¿ Qué partidario puede buenamente aspi- 
rar, ó simplemente decir que aspira al fracaso 
de su causa? Sólo el que no tenga causa. 6 el 
que sirva á una mala causa, ó el_gue m^jpjjnfía 
en IoíT efectos de su causa, pueden ofrecernos 
es tV~ espécimen tan singular de 1 a flora política. 

Lo cierto es que hay dos grandes partidos que 
se disputan la suma del poder. 

Estos dos grandes partidos de la c familia 
oriental >, se han batido como leones, valiente- 
mente, y hasta han disputado con acritud sobre 
« la culpa de sus guerras >, lo que equivale á re- 
conocer que ambos las repudian. 

Estí no puede ser una consecuencia regular 
del funcionamiento de las instituciones republi- 
canas. Esto solo puede ser el efecto de un error. 
No hay oposición de ideales, ni hay oposición 
de intereses — de intereses legítimos, bien en- 
tendido — ni hay ya siquiera pasiones muy vi- 
vas entre los bandos. ¿Qué significa pues esa 
rivalidad que se mantiene á costa de tantos sa- 
crificios? 

Yo creo que la causa de estas perturbaciones 
^ es un error de concepto, fuera de las suscepti- 
bilidades y pasiones que si no son vivas, lo mis- 
mo pueden avivarse con cualquier choque, como 
podrían extinguirse con solo no azuzarlas.* 

El error consiste, como dije antes, en no ha- 
ber planteado la lucha en un orden de ideas y 
de principios. 

Lo que interesa al país es que^se dé satisfac^ 
ción á sus necesidades, lo más digna, lo más 
directa y eficazmente que fuere posible. ¿Poi- 
qué, pues, no hemos de reunir nuestros es fuer-' 



— 12 — 




zos, sí es verdad que tenemos Ig.uales_aspir-aeio-- 
hes, p ara servirlo, en vez de_r etard arlo en su 
marcha progresiva ¡ es prodigioso ! siempre pro- 
gresiva, á pesar de tantos extravíos? 

Si esas poderosas fuerzas divergentes aunaran 
sus energías para afrontar la solución de los 
problemas fundamentales del país dentro de la 
discusión, acaso, fuera más generosa de lo que 
podamos suponer nuestra trasformación inte- 
gral. 

Se dice que el partido nacionalista es el par-’ 
tido conservador. Desde luego, es casi anómalo 
que haya un partido conservador tan numeroso 
y animoso, en un país que empieza á vivir en 
la virgen América, que es la tierra prometida 
do la Democracia y de la Libertad; y es también 
raro que un partido conservador acuda con tanta 
frecuencia á la lucha armada. ¿ No será este un 
error ? ^ 

No puede negarse, sin embargo, que entre sus 
componentes hay muchos elementos liberales y 
avanzados, y tanto es así que algunas reformas de 
las más radicales, han contado con el apoyo y 
el voto de sus afiliados. 

Lo que ocurre, en verdad, es que están con- 
fundidos los conservadores, los clericales y los 
liberales y avanzados, debido á la imprecisión 
de su programa que admite toda clase de uni- 
dades. 

Podrá decirse que el partido colorado está 
más ó menos en iguales condiciones; pero aun- 
que fuera así, hay que comprender que, hallándo- 
se en el ejercicio del poder, no tiene esta colecti- 
vidad iguales razones para clasificar sus com- 
ponentes. Y así mismo, tiende á definir cada 
vez más los lincamientos de su programa liberal, 



— 13 - 




y ha perfilado ya lo bastante sus aspiraciones 
avanzadas, con reformas de índole fundamental- 
mente moderna. 

Tero si el partido colorado en ejercicio del 
poder y en su situación defensiva, pudiera limi- 
tarse á hacer simples proclamas de carácter an- 
fibológico y declamatorio, es absurdo que haga 
esto el partido del llano, porque pierde la tínica 
fuerza que puede darle la victoria. 

Presentada en el terreno de la fuerza esta lu- 
cha, tendrá siempre que darle el triunfo al par- 
tido del poder, aunque solo sea por el poder de 
la fuerza. 

Al poder hay que compelerlo como al capital, 
con la tínica fuerza que puede vencer: las ideas. 




Nuestro sentimentalismo 



Para poder sustraernos á las reglas usuales 
de convivencia, y á fin de cohonestar tamaño 
desvarío, hemos apelado á un original sentimen- 
talismo, pretendiendo establecer que e&te—pue.- 
blo es una excepcidn-en el orb e , es decir» que 
no somos como todos los demás pueblos de la 
t ierra un pueblo, sino más bien una sola v gran 
i amilia^j Y eso que nuestras estadísticas acusan 
una asaz respetable cifra de luchas internas te- 
naces y sangrientas 1. . . Verdad que las cuestio- 
nes de familia, son las peores. 

Por poco, que meditemos, se ve claro el en- 
gaño. ¿Por qué hemos de ser nosotros más que 
otro pueblo alguno, una sola familia y nó una 
agrupación social y política, como todas sus con- 
géneres ? 

El pueblo francés, el inglés, el ruso y el mis- 
mo pueblo multimillonario chino, todos están 
constituidos, cada cual por una raza más 6 me- 
nos homogénea, con tradiciones más ó menos 
comunes y seculares, y con vinculaciones y so- 
lidaridades las más estrechas. Y si hemos de 



analizar, debo advertirse en contra de nuestra 
peregrina tesis — hecha carne en la conciencia 
pública — que nuestra población os cosmopolita^ 
antes bien, muy cosmopo lita, y que sus _tradi-_ 
orones asi como sus vinculaciones sociul_e§_y_p_o- 
Íí ticas son do muy corta data. Ta l vez hayan 
tiorrai que tengan ménos ra- 
zóiuuar a considerarse una sola y única familia 
— hoy día, por lo menos — y si es así ¿porqué 
heñios d irTe^iiíáFníñrim a exeopción, con desco- 
nocimiento de tan claros antecedentes? ¿Hay 



— 15 - 





en ello alguna ventaja? ¿Es más ambicionable 
acaso ser una familia, que una nación ? 

De todos los sentimentalismos, el peor es sin 
duda el sentimentalismo político ; y á medida 
que se avanza, este resabio va siendo cada vez 
más ridículo. 

Por otra parte, si bien se medita, es casi una 
anomalía mayor aquí que en otro país más se- 
cular, que se nos haga cifrar nuestro orgullo na- 
cional en nuestras cortas y aán confusas tradi- 
ciones, aunque contemos con páginas tan bellas 
como la de la Defensa, cuando deslumbra el al- 
borear de las nuevas ideas, que puede trocarnos 
en un gran pueblo, sino en pueblo grande. Sa- 
crificar á los choques tradicionales y á pruritos 
rancios nuestras más robustas energías ; com- 
prometer el presente, ya auspicioso, y el porve- 
nir que no puede ser más halagador, si sabemos 
prepararlo; envanecernos al entrar en el siglo 
de la aviación que trata de transformarlo todo, 
envanecernos, digo, con la aspiración regresiva 
de una forma patriarcal de gobierno, todo esto 
es desconcertante como el absurdo, y nos desor- 
bita cada vez más. 

Si queremos avanzar, no lo hagamos con la 
ca nPvuelta hacia atrás, lúno mirando y fijando" 
T oTrumbos promisores del porvenir. No demos 
el tristísimo y desalentador ejemplo de menos- 
preciar los dictados de la ciencia, en los instan- 
tes mismos en que va solucionando los problemas 
más vitales, y cuando tanto se espera de ella. 

Las declamaciones sentimentales en una era 
de progreso positivo como es ésta, nos retardan 
en nuestros acceso, y nos humillan. Seamos con- 
cientes de que si no es ya un bien inmenso, 
puede serlo el preparar este continente para 



— 16 - 






para ahogar ideas. 



— 17 — 



El partido constitucionalista 



Uno de los tantos frutos del erróneo plantea- 
miento de las cuestiones que dividen la opinión 
publica, ha sido el constitucionalismo. 

Como que los dos partidos tradicionales se 
han adjudicado toda la razón, todo el derecho 
y hasta toda la fuerza, y como que los apasio- 
namientos han ido amortiguándose, porque tie- 
nen que ser por fuerza cada vez menos intensos 
a medida que se aclaran las ideas, un grupo de 
ciudadanos — algunos de mucha espectabilidad 
— se separó de las filas tradicionales, constitu- 
yendo un centro político que si bien no ha po- 
dido naco se de importantes medios de acción, 
no se puede negar que ha gozado de simpatías, 
y de prestigio moral y social. 

Pero este partido, por una ley fatal, ha tenido 
que sentirse cada día con menos elementos de 
acción, por cuanto en vez de luchar por ideales 
positivos, movido por un nobilísimo horror á la 
sangre, ha tratado de mitigar las discordias que 
nos azotan por medios sentimentales, más bien que 
por procedimientos científicos. Ahí está su error. 

Si hubiera, en cambio, intentado buscar den- 
tro de la Constitución y de todo el vasto campo 
institucional, un remedio á nuestras continuas 
perturbaciones, ajustando su plan de acción á 
un propósito más razonado, habría visto engro- 
sar sus filas ; pero encarado su esfuerzo en un 
terreno empírico, pretendiendo por esa vía la 
concordia, la confraternidad y el olvido del pa- 
sado — á veces hasta por medios genuinamente 
inconstitucionales — su acción tenía que decre- 
cer, día á día. 



— 18 — 




Encarado el gran pleito tradicional pasional- 
mente, olvidando los principios más admitidos 
en la falsa inteligencia de que nuestra sociología 
era una excepción, y en el sentido de conseguir 
ventajas políticas cuando no la suma del poder, 
antes que con el empeño de resolver nuestras 
cuestiones fundamentales de orden institucional, 
desde que nuestro deber primordial era y es el de 
organizamos regularmente, el partido constitu- 
cional pudo desempeñar una acción mucho más 
fecunda, determinando las mejores orientaciones 
y tratando de dirigir las fuerzas que se malgasta- 
ban, hacia cauces más aprovechables. Se com- 
prende, por lo demás, que las masas populares 
no habían de alistarse allí, donde apenas podía 
ofrecérseles un puesto platónico de espectabili- 
dad que si halagaba á los intelectuales, ni era 
accesible á los demás, aún cuando lo ambicio- 
naran. Este partido se colocaba así. como censor 
y mediador, fuera y por encima de los partidos 
que se disputaban la dirección pública. 

Las masas populares saben por instinto que, 
fuera de la acción, no pueden los idealismos lí- 
ricos realizar los progresos que ellas anhelan 
para mejorarse, para elevarse. 

El partido constitucionalista, pues, pudo lla- 
marse más bien «conciliacionista», porque no 
promovía el exámen metódico de las grandes 
cuestiones públicas, como uno de sus ideales. 
Tampoco concretó su programa de modo tal que 
le permitiera actuar eficientemente, y los elemen- 
tos populares, vaguedad por vaguedad, prefirie- 
ron alinear, como es natural, donde había fuerzas 
de acción efectivas. 

Ni en el mismo campo teórico ideológico pro- 
puso el constitucionalismo soluciones científicas, 



- 19 — 




adecuadas para resolver nuestras continuas dis- 
cordias, desde que comulgaba más que nadie 
con la leyenda de la gran familia oriental. 

Con estos espejismos, en un país en que se 
batían á muerte los viejos partidos por el poder, 
por dirijir la gestión pública, es claro que por 
prestigiosos que fueran los hombres del consti- 
tucionalismo, no podían hacer sentir su acción 
cívica y política, puesto que respondían á un plan 
meramente augural, antes que á una positiva 
necesidad pública. 

Pero de todos estos concursos surgió un falso 
concepto, que ha echado hondas raíces en el 
sentimiento nacional, y es el de que esta su- 
puesta gran familia, su¿ genevis , requería para 
su gobierno un patriarca ecuánime y bonachón, 
más bien que un estadista sesudo, estricto y 
hábil como lo anhelan todos los pueblos de la 
tierra, concientes de su verdadera misión y de 
su verdadero interés ; y si acaso, dentro de la 
rectitud republicana, con energías suficientes — 
que no son pocas las que se requieren — para 
remover los obstáculos que impiden nuestra de- 
finitiva organización, sobre las líneas del go- 
bierno constitucional. Se engendró así la falsa 
idea de que nos convenía como piloto un bon- 
dadoso, un patriarca á la antigua, predestinado 
á perpetuar por concesiones tan longánimas como 
imprevisoras, nuestros vicios orgánicos de de- 
mocracia incipiente, en vez de confiar la direc- 
ción á un experto que pueda encarrilarnos. 

No debe desconocerse, sin embargo, que la 
acción personal de algunos de sus miembros ha 
prestado verdaderos servicios, pero el partido 
en su acción cívica y política estaba destinado 
al fracaso, y fracasó. 



— 20 - 




Ausencia de ideas 



Debemos abstraemos un momento para inde- 
pendizar á nuestro espíritu de las influencias 
ambientes que-gravitan sobre él, y para ver claro. 
Veremos entonces que no están nuestros males 
en la falta de patriotismo, sino en la falta de 
ideas. ¡Una desesperante carencia de ideas! 

No por el hecho de que otros piensen, sientan 
y procedan de un modo distinto al nuestro, lie- 
mos de afirmar que por eso solo acusan insin- 
ceridad ó mala fé. 

Guando vemos legiones que se aprestan al sa- 
crificio* es menester que nos ciegue la ofusca- 
ción para afirmar que no las mueve ningún sen- 
timiento patriótico. Nos será más fácil demos- 
trar, tal vez, que van impulsadas por un ideal 
erróneo y entonces se comprenderá que es ne- 
cesario debatir y razonar lo más serenamente 
que nos sea posible, en vez de malgastar pre- 
ciosas energías en salvas declamatorias ó en 
desahogos virulentos, y en recriminaciones que 
si para algo sirven, es para aumentar la confu- 
sión en que se halla envuelto el país, y para fa- 
cilitar la obra de los turbulentos. 

IQs verdad q ue las mas as populares se mue- 
ven á impulsos de la pasión más bien que al 
ritmo d e las ideas, pero l os di ri gentes no debie- 
ran valerse de esa fuerza más que par a ponerla 
al servicio de las ideas, si las hay. Nó para obs- 
taculizarlas, para impedir que se labren un ca- 
mino. 

De todas las peroraciones que á diario Se for- 
mulan, infladas, cálidas, febriles, no se puede 
deducir un solo palmo de avance en favor de 



— 21 — 





la convicción, de la persuación. Esas elucubra- 
ciones sonoras, al deleitar nuestro amor propio, 
hieren el amor propio ajeno, imposibilitando el 
razonamiento fecundo. 

Pero nuestra mejor pólvora se gasta en sal- 
vas, en ruedas y castillos de pura piroctcnia 
efectista. No es que falte patriotismo, pues, es 
que falta criterio y falta sentido práctico. Los 
razonamientos brillan por su ausencia. 

Los de arriba, más que nadie, debieran conser- 
var la serenidad que se requiere para argumen- 
tar y para disuadir, á fin de desempeñar su acción 
en el radio de lo impersonal, siquiera sea para 
que no se diga como dicen con frecuencia los 
franceses : Vous vous fachez , done: vons avez 
icrl ; y i i? de abajo deben esm erarse, nás que 
nadie, en esculpir ^ conceptos, entiéndase bien 
«conceptos», y nó en pulir simples páginas li- 
terarias, porque nada los indemnizará más que 
aquél esfuerzo de los inconvenientes de su po- 
sición, si no les fuera dado un triunfo pleno ; 
pero la violencia en el lenguaje ó en la acción 
tienen por fuerza que serles contraproducentes, 
cada día más. Extendiendo la sentencia aludida, 
podría decirse: Ustedes apelan á la violencia, 
luego : ustedes no tienen razones que exponer 
en el debate. 

Nada será mejor ni más expeditivo para diri- 
mir nuestras discordias, ni pitra procurarnos la 
confraternidad posible, que la discusión tran- 
quila respecto de todas nuestras cuestiones pu- 
blicas, que no son pocas, ni poco graves. 

Y es que tal como están las cosas, sólo un 
orden mejor de ideas podrá imponerse. Es indis- 
pensable que el partido del llano exhiba de una 
buena vez las suyas, categóricamente, en com- 



— 22 — 




petencia con las del partido que ejerce el pe- 
der. Será muy difícil que obtenga ventajas cuando 
alegue tan solo que tiene iguales anhelos, ó ex 
ponga como mejores aspiraciones simples gene- 
ralidades de carácter patriotero. 

Lo mismo en el campo de la evolución que en 
el campo de la lucha armada, se requieren fuerzas 
efectivas para coercer, para triunfar. En el or- 
den evolutivo se neces ita del empuje de las 
ideas, que son el inauser más apropiado para 
avanzar y dominar. No ya para mejorar. 

Hace cuar enta años lo proclama ba el ilustre 
periodista C árlos M. Ramírez en una de sus más 
hermos as y vibrantes páginas : < que re mos que 
las ideas, decía, constituyan únicamente labande- 
Tlf Tí élá s lsoci ación es qu (Ts e~ órgi F£í e j £ r- 
cer iñtlüencia en la vida política de la Nación >. 
‘ ITITáñ pasado de largo estos cuarenta años, 
sin que pueda realizarse ese anhelo impuesto 
por una cultura cualquiera, por mediocre que sea 

Pero es que todavía las ideas mismas, tienen 
que concretarse cada vez más, por cuanto su la- 
titud pxcesiva permite la entrada al sentimen- 
talismo, que es nuestro vicio y nuestra rémora. 

No bastará proclamar que queremos un go- 
bierno nacional y amplio ; que queremos una 
fórmula de confraternización definitiva; que as- 
piramos á la extinción de nuestras intermina- 
bles y desgraciadas discordias, es menester que 
expresemos netamente en qué consisten esas as- 
piraciones, esas fórmulas, esos anhelos de buen 
gobierno. Lo demás no nos instruye, ni nos acerca 
al fin propuesto. Las ambigüedades nada hacen 
por nuestro avance; con ellas seguiremos dando 
cabida á las pasiones que el país quisiera apla- 
car, y que los violentos atizan. 



— 23 — 




Es así como se explica que habiéndose reali- 
zado cien veces nuestra soñada confraternidad 
no Ha durado más tiempo que el necesario para 
consumir en fogatas nuestro stock de barricas 
viejas, y para que se desarticulen los judas. 
Hasta en humeantes campamentos se ha repe- 
tido cien veces el abrazo confraternal efímero. 

I Y no nos apeamos del asno I. . . 

La malaquita de la confraternidad sentimen- 
tal se ha desacreditado enteramente, después 
que en el gobierno de Cuestas fracasó á pesar 
de haberse ensayado el experimento con una 
amplitud inverosímil. 

Es en el lato y sano circuito del pensamien- 
to, pues,- que podemos esperar un resultado po- 
sitivo y durable ; mas, desgraciadamente, no te- 
nemos ideas, ni tratamos de procurárnoslas — 
que es lo peor— porque no confiamos en esa fuer- 
za formidable. 




La presidencia 



Hace más de ochenta años que estamos dando 
de cabeza para entrar, sin lograrlo, en el rega- 
zo constitucional ; hace casi un siglo que el pue- 
blo anhela vivir dentro de la normalidad institu- 
cional, sin las conflagraciones que periódicamente 
nos devoran, en medio de una situación crónica 
de incertidumbres, de malestar y de inquietud ; 
se han notado defectos de toda clase y se han 
sentido inconvenientes de todo género, sin excluir 
los convulsivos y los sangrientos ; vivimos eterna- 
mente con el jesús en la boca, como dicen las 
beatas y aún así nuestro ingenio privado de 
iniciativas y secundado por nuestra escasa fe re- 
publicana, nos ha hecho mirar con indiferencia, 
cuando no con horror todo conato de reforma 
constitucional. 

Como si temiéramos que de ello resultase el 
coronamiento imperial del presidente, ó que se 
mandara disolver la duma; como si temiéramos 
que pudiesen reducirse nuestras prerrogativas 
cívicas y se nos cercenara aún más el derecho 
de expresar nuestra genuina voluntad, al elegir 
á los representantes del pueblo ( jeosa que hasta 
el día podemos verificar con pasmosa eficacia 
y libertad!), liemos rehuido sistemáticamente 
todo propósito reformista, con una falta de pre- 
visión y una carencia tal de confianza en nues- 
tra razón y en nuestro derecho, que hasta podría 
poner en duda nuestro propio carácter, si no se 
hubiera probado de mil otras maneras. Y, sin 
embargo, es allí que debemos buscar solución á 
nuestros conflictos, si es verdad que estamos pre- 
parados para practicar el gobierno democrático. 



— 25 — 





Entre nosotros, el preside. ito resume todo el 
poder. Es un rey-sol. Y su influencia se impone 
por el solo prestigio inherente al cargo. Esto 
acusa más que nada su desmedida latitud. 

Dice el señor Batlle en su última comunica- 
ción-manifiesto : « El mal está en la influencia 
excesiva que en el lapso de tiempo de todo go- 
bierno y sin ultrapasar la ley, ejerce el Poder 
Ejecutivo. Tal influencia no tiene limites defini- 
dos y se impone sin violencias ni arbitrarieda- 
des, sin intervención de un propósito preciso en 
el gobernante, á todo el movimiento del Estado>. 

Habría que investigar á qué causa se debe 
esta omnímoda influencia del Presidente, para 
saber si ella es el resultado exclusivo de la es- 
tructura constitucional ; pero lo cierto es que 
e¿ia fi.er; a parece estar cada vez más encami- 
nada al absolutismo. Acaso sea debido á que el 
prestigio de las administraciones regulares enerva 
todas las resistencias, y hasta el espíritu mismo 
de independencia de los ciudadanos. 

Y lo peor no es esto. Es tal el poderío presi- 
dencial que los mismos amigos y privados del 
presidente, resultan investidos de una influencia 
considerable si bien es, por lo común, meramente 
refleja. De esta rueda de íntimos casi siempre 
surge algún núcleo de entre los más hábiles y 
ambiciosos de mando, y forma lo que se llama 
círculo ó camarilla, que es poderosa y temible, 
porque constituye el cuerpo principal de infor- 
mación, de donde dimanan ó pueden dimanar las 
iniciativas y disposiciones de la presidencia que 
son, como se ha visto, decisivas. Es algo así 
como un filtro interpuesto entre la presidencia 
y el país. 

Y este cuerpo, como un estado mayor, es tanto 



— 26 — 




más podei oso cuanto más sea indispensable p*ua 
el desempeño de las desbordantes tareas y respon- 
sabilidades presidenciales, como ocurre cuando 
se le complican y se le aumentan aún por las 
' conspiraciones, revueltas y demás formas de 
perturbación, que reclaman un mayor concen- 
tramiento, y dan menos tiempo y calma al presi- 
dente para dominar, por sí mismo, todos los re- 
sortes del gobierno. 

En nuestro medio, unos pocos gobiernan y los 
demás deben acatar, pasivamente. No es fácil 
que puedan prosperar las más prestigiosas ini- 
ciativas, si no las hace suyas el presidente ó el 
círculo gobernante. 

Esto es lo que más determina el espíritu la- 
tente de conspiración, como una válvula de es- 
cape A la legítima aspiración del ejercicio de 
derechos que se consideran perfectos; y á la vez 
puede determinar las mismas explosiones gue- 
rreras que exteriorizan el estado de compresión 
de los ciudadanos que se revuelven descontentos, 
como es natural, dentro del aro estrecho de la 
más absoluta impotencia. 

Se construye así un círculo vicioso, porque 
cuanto mayor es el poderío presidencial, mayor 
es también la influencia de la camarilla, y más 
fácil es promover el descontento ; y las reaccio- 
nes que de todo esto proceden acentúan más y 
más las mismas prepotencias que causan la per- 
turbación. ¿Cómo es posible gozar de sosiego y 
de tranquilidad y bienestar en semejantes con- 
diciones ? Es así como más principalmente se 
fomentan esos odios que consideran tan gratui- 
tos los . ¿e arriba, cuanto parecen motivados á 
los que se sienten oprimidos por este abuso de 
autoridad y de desigualdad democrática. 



— 27 — 




Se sueña pues, eternamente, con reivindica- 
ciones radicales que, lejos de ser un remedio, son 
una doble quimera, por cuanto fuera de ser punto 
menos que imposibles, no realizarían la igual- 
dad anhelada por más que obtuvieran una vic- 
toria plena, y aún dado el mejor de los supues- 
tos, desde que el país seguiría siempre sufriendo 
los inconvenientes de todo régimen vicioso. Las 
instituciones pueden cambiarse, pero los hombres 
no tanto. El remedio hay que buscarlo en el 
campo institucional. 

Hace ya mucho tiempo que se han palpado 
los efectos de ese mal, pero no se ha encontrado 
otra solución que la de los acuerdos y acomodos 
de carácter transitorio, confiándose en la eficacia 
de los espasmos emocionales de confraternidad, 
siempre de corta duración y de malas conse- 
cuencias, por cuanto este empirismo fuera de no 
tener consistencia — como no la tiene nunca por 
si sola el sentimiento, donde hay oposición de 
ideas é intereses — engendra la decepción, y las 
consiguientes reacciones antidemocráticas. 

La causa está en el hecho de encontrarse por 
demás concentrado el poder, á pesar del engra- 
nage vistoso en que aparece hallarse diluido. 
Se sabe y se siente que ese montage es de puro 
aparato, y que el poder central es quien mueve 
los resortes todos, con toda eficacia. 

Es necesario, pues, deslindar ’ y ordenar las*, 
atribuciones de cada entidad pública, porque de 
otro modo podrán cambiar los procedimientos 
y las intenciones y los hombres, pero lo demás 
subsistirá. 

Hay que limitar la autoridad conferida á los 
funcionarios, y no confiar solamente en la cali- 
dad de los mismos para que todo marche bien, 



— 28 — 




porque los funcionarios son hombres y cad 
cual entiende sinceramente que su opinión es 
la mejor, y que sus aspiraciones son las más 
tlignas de acatamiento y de respeto ; y sobre tal 
punto poco podrá avanzarse, porque esto reposa 
sobre algo que es instintivo. Es el cumplimien- 
to de una ley natural inexorable. 

Esto es lo cierto ; y lo demás son puros liris- 
mos. 



[o 




Causas que agravan ios vicios 



de nuestro régimen 



Cierto que para practicar ampliamente el go- 
bierno democrático se requieren las correspon- 
dientes aptitudes cívicas, pero no es menos cierto 
que esas aptitudes no pueden estimularse siquiera, 
sin el ejercicio de la acción que educa, y prepara. 

Mas, como está dispuesta nuestra vida insti- 
tucional, es imposible el gobierno del pueblo. 
Ni puede decirse que el régimen es superior á 
nuestra capacidad cívica, puesto que no ha po- 
dido aun ensayarse convenientemente. 

Gobieina, en realidad, el presidente y su círculo 
de íntí.ir>K y aún cuando no lo quisieran, como 
actúan ciertos cuerpos por la sola acción de su 
estructura esencial. Esto, como se vé, es la an- 
típoda misma del gobierno democrático ; y por 
razones de índole humana estos círculos tienden 
á estrecharse, porque es tanto mayor su preemi- 
nencia y su prestigio, cuanto más se halle cir- 
cunscrita su acción. 

Este concentramiento tan excluyente de las 
iniciativas y de los concursos populares, así 
como la calidad casi siempre refleja de sus in- 
fluencias, hace más molesta y deprimente su 
actuación, y menos se resigna el pueblo á so- 
portarla, sobre todo si las camarillas no tienen 
el tacto que han menester para desempeñar su 
alto cometido. No tienen poca parte ellas, por 
todo eso, en los fermentos pasionales contra el 
gobernaute, puesto que se le atribuyen á éste 
las condiciones que ostenta su comitiva familiar, 
aunque no las tenga. 



- 30 — 




Cuando subió á la presidencia ol señor Batile 
y Ordóñez que tanto había luchado contra las ca- 
marillas, conociendo por demás ese mal — mal 
necesario, puede decirse, en nuestro régimen — 
tenía el propósito de reunir con gran frecuencia 
en su casa á muchos ciudadanos, de modo que 
el presidente pudiera obtener informaciones más 
directas, y más insospechables. La planta baja 
de la casa que ocupó durante su presidencia, 
estaba destinada á eso, pero los sucesos super- 
vinientes la trocaron en un centro de dirección 
militar. jOh, cuántas perspectivas hermosas fue- 
ron sacrificadas 1 Desde luego, se hacía imposi- 
ble toda confraternización. Es necesario recono- 
cer que era imposible hacer un gobierno am- 
pliamente nacional, en las condiciones en que 
le tocó actuar á Batile. 

No porque haya vicios de organización que 
perturban nuestro régimen, hemos de dejar de 
sentir sus inconvenientes. Al contrario, ellos no 
harán más que acentuarlos. 

En una democracia, tienen casi tanta respon 
sabilidad en el gobierno los que gobiernan, co- 
mo los gobernados, porque no es posible hacer 
un gobierno dado, dentro de un orden de ideas 
y de acciones ambientes que no sean apro- 
piadas. 

En una agrupación democrática bien consti- 
tuida, el gobierno debiera ser el fruto de una 
selección de ideas y de aspiraciones, de modo 
que pudieran prevalecer sin hondas conmocio- 
nes, las mejores. Digo sin conmociones hondas, 
porque en tal caso tiende a imperar el instinto 
de conservación, que es más fuerte que el razo- 
namiento y que la misma voluntad. 

Pero si la oposición en vez de hacerse en su 



— 31 — 




mejor terreno, se hace en block, diremos, para 
destronar 6 coercer al otro block por la imposi- 
ción de la amenaza ó de la fuerza, entonces el 
gobierno toma los caracteres de una concentra- 
ción defensiva y militarizada, y es así cómo la 
opinión pública pierde cada vez más sus presti- 
gios y su eficiencia, lo mismo que los demás 
elementos y factores del engranaje democrático. 
El sistema queda dislocado por completo ; y en 
vez de mejorar, empeoramos. 

Las acciones iniciales producen inevitable- 
mente las respectivas reacciones. Puede decirse 
que el régimen democrático está en razón in- 
versa de la acción de la violencia. Frente á un 
movimiento armado, el presidente no tiene más 
barreras que las que le imponga la fuerza, des- 
de que en los demás terrenos es soberano. Las 
influencias reflejas siguen las mismas huellas, y 
los inconvenientes que esto promueve se pal- 
pan por más bien intencionado que fuera el go- 
bernante, y por más bien que rija la gestión 
pública. 

Nuestros males emergen principalmente de 
nuestro empirismo político, agravado por los vi- 
cios de) régimen; mejor dicho, de nuestro empi- 
rismo, que agrava los defectos del régimen. 

Se vé bien que para los espíritus superiores, 
para los que van á un cargo confiados en que 
sus positivas buenas intenciones habrán de im- 
ponerse, realizando lo que hasta aquí no ha sido 
más que una generosa idealidad ; para los que 
no se envanecen con íntima satisfacción cuando 
c le tocan la tambora > ; para los que no se ex- 
tremezcan, ni perturben ante los obsequiosos ha- 
lagos banales del poder, para éllos, digo, para los 
que pretendan luchar por ideales, la presidencia 




es un sacrificio positivo en un país como éste, 
que no se ha organizado aún y que ofrece tan- 
tas resistencias para realizar este anhelo. Ese es 
un poder que sólo deslumbra á los inferiores, 
aún cuando puedan también ambicionarlo los 
patriotas superiores, sólo para abnegarse. 

El caso actual es aleccionador. 

Nadie puede negar, que Batlle ha sido uno 
de nuestros mejores gobernantes y aún así, su 
candidatura promueve resistencias violentas en 
momentos en que el país está gozando de una 
prosperidad nunca vista, de la misma prosperi- 
dad que en buena parte se le debe. 

¿No es este un raro caso, digno de fijar toda 
nuestra atención ? 

Pero lo peor os que para colmo de desacier- 
tos, la oposición se manifiesta en un terreno 
antidemocrático é ininstitucional, en tanto que el 
candidato resistido propone acaso, el único re- 
medio eficaz para resolver tan graves males. 

Es necesario que seamos por demás inexper- 
tos demócratas, para no haberlo comprendido. 



o 



o 




Coparticipación 



Si nuestro país no es simplemente una gran 
familia ó un patriarcado, rindámosle los hono- 
res debidos á toda nación, haciéndonos dignos 
de tan alta entidad. 

Para eso, debemos comenzar desechando los 
medios sentimentales, por primitivos y empíricos, 
desde que nos conducen á los más impensados 
malentendidos, cuando no ocasionan sangrientas 
colisiones.... y hasta llegan á permitir chistes 
de lacerante ironía. Tomérnos de una vez dere- 
chamente el consejo de la ciéncia de gobierno, 
elevándonos hasta ella. 

Es imperdonable, hoy día, que contemos to- 
davía nuestros más altos intereses á los deli- 
rios pasionales, cuando sabemos — debemos sa- 
berlo, por lo menos — que en un plano de cul- 
tura científica podemos esperar que se manifies- 
ten los bienes que todos anhelamos. 

Se dice que el odio á Batlle — un torbellino 
de odios — es lo único que motiva esta oposición 
á su candidatura. Por mi parte, creo que esto 
es lo aparente. La realidad no es ésa. Se resiste 
al candidato porque tiene que despertar resisten- 
cias todo hombre de ideas definidas, de conviccio- 
nes propias, y se ponen á contribución las pasio- 
nes populares, para servir á esas resistencias. 

Pienso que hasta sería ofender al país mis- 
mo, no ya á los pensadores y prohombres diri- 
gentes de la oposición, el suponerlos movidos á 
impulsos del odio personal, pasional, vulgar, 
que nos haría semejar á esos pueblos tan reza- 
gados, tanto, que asombran por su atraso ; y no 
es verdad que estemos tan atrás. 



- 34 — 




La pasión sí, es un terrible aliado de Ls opo- 
sitores; pero la pasión es el músculo, simple- 
mente. La cerebración es la resistencia que pro- 
mueven los anhelos liberales y avanzados del 
candidato. 

Como no se traba la lucha en el campo de las 
ideas, en cada oportunidad se presenta la opo- 
sición en un terreno distinto, no mejor, ni más 
avanzado. El motivo de la discordia parece casi 
siempre indeterminado é incomprendido. Ahora 
se habla del exclusivismo partidario de Batlle. 
El número de bancas legislativas, sin embargo, 
no es materia de conflicto; ¿lo será acaso la 
aspiración á uno ó dos ministerios, y á algunas 
jefaturas? 

Sería en verdad mal invertida una sola gota 
de sangre humana, puesta al servicio de seme- 
jante conquista. Si esto pudiera rozar suscepti- 
bilidades de amor propio, no puede constituir 
un anhelo político bien meditado; y el amor 
propio únicamente, no puede servir de bandera 
á una oposición seria, respetable. 

Dada la forma en que se ha establecido la 
institución ministerial, entre nosotros, un minis- 
terio es más bien una posición decorativa, que 
podrá halagar al que lo desempeña, mas no 
aporta de cierto un concurso muy efectivo en 
el orden político, al partido de la oposición. 
Las mismas jefaturas son tan subalternas si no 
se piensa reincidir en el gravísimo error de 
aprovecharlas para militarizar á sus huestes, 
que tampoco representan, en suma, una gran 
conquista. Los que exponeu su vida por tan fú- 
til empresa, si pudieran comprender la magni- 
tud del engaño, darían espaldas al supuesto 
enemigo y tomarían el arado, que habría de 



— 35 — 




propiciarles sin duda alguna mayores bienes y 
honores. 

El verdadero enemigo es el absolutismo del 
poder ejecutivo. Antes de que no se hayan res- 
tringido sus omnímodas prerrogativas, los mi- 
nisterios y las jefaturas así obtenidas, muy po- 
co podrán representar como conquistas en el 
orden político, y mucho menos en el orden ins- 
titucional. 

Las jefaturas podrían todavía permitir á los 
opositores, — nó como opositores, lo cual sería 
absurdo, sino como copartícipes solidarios en el 
gobierno, — que prepararan opinión á favor de 
su partido haciendo administraciones impeca- 
bles, como debieron hacerlas aprovechando los 
convenios del año 97 ; pero esto, basado en un 
simple acto de deferencia del gobernante, por 
encima y en contra de la Constitución, es una 
regla por demás precaria, para fundar una era 
firme de convivencia democrática. El remedio 
hay que buscarlo en la Constitución y en las 
leyes, para que salga de la esfera arbitraria de 
lo anormal, de lo indeterminado que nos ha de 
abocar siempre á conflictos lamentables, los que 
todos por igual debiéramos tratar de evitar de- 
finitivamente. 

Para remediar todos nuestros males, tan gra- 
ves como frecuentes ¿ hemos de seguir soñando 
aún, después de tantos fracasos, con los deva- 
neos de nuestro impenitente y malsano senti- 
mentalismo romántico, cuando tenemos á la 
mano el remedio eficaz de la reforma constitu- 
cional ? 

Es allí que debemos dirigir los fuegos, para 
reducir las causas de perturbación que nos abru- 
man, limitando la centralización eficiente del 



— 36 — 




Ejecutivo en favor de la autonomía (le las fuer- 
zas que han de constituir la verdad democráti- 
ca, tan anhelada ; pero andamos con < el paso 
cambiado >, como se dice vulgarmente, y en el 
momento mismo en que va á procederse á esa 
trascendental reforma, el partido del llano en 
vez de aprestarse para dar todas las batallas 
fecundas del debate concienzudo, abandona su 
sitio de honor, para hacer aparato de fuerza. 

Este error, profundo error que apenas se con- 
cibe cuando se observa el desquicio general en 
que están las ideas, hasta podría considerarse, 
en otro caso, como la comprobación plena de 
nuestra ineptitud para realizar la democracia. 




Bella oportunidad que se pierde 



Democracia es el gobierno del pueblo por el 
pueblo. Esta verdad esencial del régimen tiene 
que ser verdadera y nó simplemente un montaje 
instituido para la ficción de esa realidad, por- 
que por más hábiles que sean los artificios que 
se empleen para dar á la ficción el aspecto de 
una realidad, se descubre de inmediato el en- 
gaño y cesa el respeto á la autoridad. 

Son ineficaces las declamaciones más altiso- 
nantes para cohonestar esa simulación, porque 
en asuntos públicos trasciende la verdad por 
todas partes y queda desconceptuado el sistema; 
pero e.>: no es nada con relación á los males 
positivos que se derivan del hecho mismo de la 
subversión de fondo, que lo trastorna todo. Esto 
es lo peor, porque nos obliga á vivir en perpe- 
tua oposición con el régimen institucional que 
nos hemos dado, lo que constituye verdadera- 
mente un colmo de adversidad. 

No basta que un pueblo se denomine demo- 
crático, ni basta que estampe en su código po- 
lítico las reglas teóricas usuales en esa forma 
de gobierno. Es menester además, para que todo 
esto no sea una ironía, que el pueblo practique 
las modalidades democráticas no solo en la faz 
aparente, sino en la substancial, y es menester 
también que el pueblo, por su cultura, sea digno 
de esa forma avanzada de gobierno, y apto para 
desempeñarla. 

Es claro como un axioma que si el pueblo en 
vez de ceñirse á esa regla de convivencia, tiende 
á alterar el orden ó á rebelarse contra las de- 
cisiones legales, de legalidad relativa que sea, 



— 38 — 



en vez de aprestarse para los debates y las lu- 
chas que implica forzosamente el sistema; ó si 
simplemente se abstiene de su derecho y aban- 
dona sus posiciones, es imposible la democracia 
porque compele de este modo á los poderes 
constituidos á defender su autoridad, y á garan- 
tir el orden que está por encima de la normali- 
dad misma, como una excepción imperativa im- 
puesta por la ley ineludible, y superior á todo, 
(le la conservación social. 

Todos los fenómenos anormales tienden pues 
á robustecer la autoridad constituida, y el régi- 
men democrático tiende y debe tender siempre 
á descentralizar el poder. El interés del pueblo 
está en reducir la autoridad presidencial, haciendo 
méritos para aumentar su propia autonomía y 
aquí, en cambio, parece que hiciéramos de ex- 
profeso lo posible para fortalecer cada vez más 
el poder central. 

La autoridad y la influencia del poder ejecu- 
tivo es ya enorme, según lo declara el propio 
ex-prcsidente señor Batlle y Ordoñez. 

Aquí, pues, la realidad es la negación misma 
del fundamento esencial del gobierno democrá- 
tico. En efecto, ¿ cómo es posible conciliar el ré- 
gimen del gobierno del pueblo por el pueblo con 
la autoridad presidencial, en la forma en que se 
halla instituida entre nosotros, por la que el 
presidente de la República influye decisivamente 
en todo el movimiento del Estado, aún cuando 
no tenga el propósito de hacerlo? 

Basta una guiñada del Presidente para desna- 
turalizar fundamentalmente el juego de las ins- 
tituciones ¡y todavía no comprendemos que es 
esta monstruosidad Jo que hace irrealizables 
nuestros anhelos l 



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¿ No es acaso más digno de un partido cual- 
quiera el bregar por la efectividad del régimen 
demócrático, que el dar batallas para obtener 
algún cargo político a título precario? 

Esto no puede contestarse más que de una ma- 
nera, con cordura. 

Después de tantos años, casi un siglo de de- 
cepciones, de ensayos y enseñanzas, nos encon- 
tramos ahora abocados á la reforma de la Cons- 
titución. Nunca se habrá brindado á los pensa- 
dores y estadistas del partido de oposición, una 
oportunidad mejor para desplegar sus aspira- 
ciones. Allí, acaso, en ese palenque es que po- 
dría surgir un acuerdo de ideas confraternales 
que quedaran fijadas definitivamente, en bien 
del país y de los patudos. Vengamos que esto 
sólo fuera una esperanza M;na; aún así, la oca- 
sión era apropiada y feliz para entablar debates 
de fondo, porque dado que no se avanzara mu- 
cho, algo se habría conquistado siempre, aun- 
que no fuera más que ilustrar y elevar á la 
conciencia pública, y en el caso de verse opri- 
midos los opositores por el número, si fueran 
vencidos por un acto de prepotencia en el terre- 
no de las ideas y de los principios, entonces sí 
que habrían forjado una bandera respetable ante 
la opinión nacional. 

Pero la oposición, con un desconocimiento pleno 
de las conveniencias nacionales y de sus propias 
conveniencias, ha preferido abandonar su puesto 
de lucha verdaderamente democrática, para adop- 
tar actitudes indeterminadas y estériles, ofuscada 
por los mirajes retrospectivos de un ideal que en 
vano quiso realizarse durante el tiempo recorrido, 
que es casi secular. 

Esto me parece un profundo error político. 



- 40 — 




¿No era más juicioso, por ventura, cien veces 
más juicioso y oportuno preparar un meditado 
alegato, patrocinando las reformas instituciona- 
les más conceptuosas, y aún hacer caudal de 
las promesas de Batlle, comenzando á medir y 
á debatir sus verdaderas proyecciones, desde 
luego, en un terreno leal, superior, científico? 
¿ Puede cuestionarse sobre esto ? 

Realmente, ^desconcierta y confunde esta ac- 
tualidad política. 




La promesa de Batlle 



En 'el manifiesto remitido á la convención del 
partido colorado, Batlle expone ideas y convic- 
ciones muy meditadas. 

El que lea serenamente, como debe leerse un 
documento de tal entidad é importancia, vé que 
su autor léjos de proponerse halagar pasiones 
para ganar un aplauso fácil, expresa con since- 
ridad su modo de pensar sobre nuestros asuntos 
públicos, buscando la concordia nó en el campo 
trillado, tristemente trillado del sentimentalismo 
fantasista, sino en las casi vírgenes orientacio- 
nes de nuestra cultura científica. 

Es tan cierto que Batlle no ha redactado un 
pr*igiama efectista, A la vieja usanza, para ga- 
nar voluntades — cosa que habría sido tan fácil 
á un insincero — es tan cierto, digo, y todavía 
es tan sobria su exposición que ha parecido 
pobre, estrecho, de espíritu exclusivista, y so 
ha creído ver allí al hombre apasionado, con- 
centrado, lleno de enconos, que pretende acogo- 
tar á sus opositores, en holocausto á sus odios. 

Es tan erróneo esto, tan absurdo, tan colosal- 
mente absurdo que, un día, costará creer que 
los mismos á quienes entrega tamaña prenda 
democrática, se han alzado en armas en son de 
protesta. 

No hay más que abrir los ojos para ver que 
la promesa del candidato es una nobilísima y 
rara prueba, inequívoca, de republicanismo que 
lo honra tanto á él, cuánto debe confundir á los 
que no han sabido comprenderla. 

La magnitud de su promesa salta á la vista 
apenas se piense que Batlle, espontáneamente, 



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abre sus propias alas de candidato seguro del 

triunfo, para que se las desplumen j He allí 

una idea! 

Es menester que se haya perdido por comple- 
to la serenidad, para decir que ese documento 
es de parcas promesas. ¿ Qué ? ¡ Para decir que 
ese documento es una incitación á la guerra 1 Se 
comprende que no estamos preparados para go- 
zar de los beneficios de nuestro régimen insti- 
tucional y que recibiríamos todavía en este si 
glo, con júbilo más bien, uno de esos documen- 
tos en que se hace la apología emotiva de una 
confraternidad insana é imposible, engañándo- 
nos con el miraje de un abrazo perpetuo, — j de- 
lirio bíblico irrealizable, porque está en abierta 
pugna con las leyes más ineludibles de la natu- 
raleza! 

Hay que razonar en cosas tan serias, hay que 
meditar sesudamente, para no equivocarse. Po- 
dría tacharse más bien de insinceridad, mas no 
de exclusivismo al que hace tan generosa y 
trascendental promesa; pero tacharla de peque- 
ña ; decir que el candidato < está penetrado de 
que la presidencia de la República con sus in- 
mensas atribuciones significa un arma que pue- 
de y debe esgrimirse en favor de sus pasiones 
y convicciones absolutistas >, es un desconoci- 
miento palmario de la realidad. El más rotundo. 

Si fuera la mente de Batlle halagar, esta 
misma promesa que á mi modo de ver es la 
mayor y la mejor que podía hacer, bien pudo 
realzarla como un gesto, como el más envidiable 
título adquirido para con sus conciudadanos ; pero 
él ha expresado su fundamental pensamiento lla- 
namente y de tal modo, que hasta sus propios 
amigos y panegiristas no han visto toda su ex- 



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tensión é intensidad. Del manifiesto de Batlle 
puede decirse : multum , non mulla . 

Pero es que ni siquiera se afirma que no se 
cree en la sinceridad de la promesa; se dice 
simplemente que la promesa es pequeña. jAhí 
está la enormidad del error ! 

No hay que olvidar que Batlle, seguro de su 
elección, sólo por hombría de bien y por su in- 
negable espíritu de ecuanimidad democrática, 
ha podido estampar en ese programa la necesi- 
dad de restringir las prerrogativas del Ejecuti- 
vo, las mismas prerrogativas con que se le va 
á investir, y que á juicio de sus adversarios 
quiere esgrimir en favor de sus pasiones y con- 
vicciones absolutistas I Hablar de absolutismo, 
en este caso, es un contrasentido. 

Es que ese documento acusa al sesudo esta- 
dista que busca, con detrimento de la propia 
autoridad que va á ejercer, acaso la tínica fór- 
mula seria de fraternal convivencia, que es su 
mayor anhe’o, por más que en la ofuscación rei- 
nante tal cosa no se haya visto. 

Al hablar de la reforma constitucional, dice : 
<Yo pondré á su servicio toda la fuerza de mi 
convicción, que estará además siempre al servi- 
cio do las iniciativas que tiendan á perfeccio- 
nar nuestras instituciones republicanas, y á 
identificarlas con lo que deben ser : una regla 
de justicia y de fraternidad entre todos los 
miembros do nuestro organismo político. > 

Y sería insensato pensar que el propio can- 
didato qqe señala ese grave obstáculo opuesto 
tí ^nuestri democracia, tan espontáneamente, fue- 
ra el ínisjtfo que pu^iorn su decisiva influencia 
presidencial para abortar la reforma. Tamaño 
yerro no lo cometería el tíltiino politicastro. 



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Ningún propósito de confraternización, ningu- 
na fórmula de coparticipación puede encontrar, 
hoy día, mejor expresión, si ha de ser una ver- 
dad substancial lo que se anhela, y nó una pro- 
clama quimérica. 

La magnitud de la promesa no puede, pues, 
cuestionarse y en cuanto á su sinceridad, no 
puede ponerse en duda, porque sería absurdo 
pénsár que un hombre de estado formule espon- 
táneamente esas promesas que se han reputado 
tan parcas, si no tiene el firme propósito de cum- 
plirlas, desde que así se entregaría de un modo 
gratuito á una fundamental oposición justifica- 
da, y mancharía su nombre con una infamia. 




Cómo podrá operarse la rotación 



No hay una sola idea buena que, más tarde 
ó más temprano, no haya podido abrirse camino. 
Nada es más fuerte que una idea. 

Si la mitad de las energías que se malgastan 
en esfuerzos menos que estériles, se pusieran al 
servicio de las buenas ideas, la colectividad ha- 
bría hecho una doble marcha. 

El manifiesto del Directorio nacionalista nada 
nos dice, fuera de sus agravios contra Batlle. 
En vez de exponer los anhelos positivos de la 
colectividad, expresa apenas su negativa á acatar 
la decisión de la mayoría, fundada en los ante- 
cedentes del candidato. Resulta así que su gesto 
amenazante lo sugiere una simple negación ; una 
negación anticonstitucional y antidemocrática. 

Si es verdad que se aspira á perfeccionar el 
régimen democrático, se contramarcha. No basta 
tener una noble aspiración, pues, es necesario 
tener también las aptitudes requeridas para rea- 
lizarla. Si se trata solamente de destronar al 
partido que tiene el poder, trono por trono -se 
comprende que cada cual prefiera el suyo, y en- 
tonces no habrá de extrañar que el gobierno 
trate de robustecer su poder militar. 

La rotación de los partidos, como fenómeno 
normal, es tal vez el último peldaño en la es- 
cala de los progresos democráticos, y no me pa- 
rece que estemos maduros para disfrutar de ese 
bien aquí, en donde son tan bisoños los oposi- 
ciónistas, ; que no llegan siquiera á meditar lo 
bastante el programa del candidato de la ma- 
yoría — no ya á meditar y exponer el propio — ; 
rehuyen el comicio, que es un deber esencial ; 



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abandonan sus posiciones, en el preciso momento 
de la reforma de la Constitución \ nada menos 
que de esa etapa fundamental !, y van á la vio- 
lencia, que es la antípoda misma de toda norma 
de conducta republicana. 

¿Cómo hemos de hablar de la rotación de los 
partidos en el poder, si el más amplio y tras- 
cendental de los programas presidenciales, tal 
vez, el que expresa el anhelo de reformar nues- 
tro régimen, en el sentido de reducir el mayor 
obstáculo de los que se ofrecen á la vida demó- 
crática se declara, sin más, un casus belli P 

Para ir hacia la rotación de las ideas en el 
poder, es necesario exponer las propias, ante 
todo, y manifestar además toda la cultura que 
es menester para evolucionar, dentro de un plan 
conceptuoso, sin que este» semeje el delito de 
alta traición. Si no adquirimos esa ductilidad 
mental para evolucionar progresando, es impo- 
sible avanzar y quedaremos estancados, petrifi- 
cados, anquilosados con el horror senil, miso- 
neista, del cambio. 

Pero si la lucha se presenta en el terreno do 
la violencia, y si todavía los matices policromos 
de la oposición se unifican, para presentar un 
cuerpo á cuerpo al partido que está en el po- 
der, ¿ creéis posible que éste abra sus filas, para 
seleccionar ideas? 

Para realizar un progreso en los movimientos 
de opinión, es indispensable que la oposición se 
proponga á base de aspiraciones, y nó de fuerza. 
Es entonces que podrán desdoblarse las filas co- 
loradas de modo que los elementos congéneres 
puedan aliarse, realizando una confraternidad 
que se está buscando en la región de las qui- 
meras. No es defeccionar abrirse á la sugestión 



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(le ideas mejores porque es, precisamente eso, 
lo que ha permitido toda la obra del progreso 
humano. 

Hay que pensar que las aspiraciones congé- 
neres están más cerca entre sí, donde quiera 
qué germinen, que las antagónicas ; y si se debe 
guardar respeto á todas las opiniones, no es 
sensato llegar al extremo de auxiliar á las ten- 
dencias contrarias, porque eso significa conde- 
nar las nuestras, lo cual es absurdo. 

El supuesto exclusivismo de Batlle se basa 
en el error de suponer que él debiera preferir 
las ideas contrarias á las propias; y esto si bien 
se observa no es exclusivismo, es sensatez. 

Y si se optara venturosamente por debatir 
ideas antes que por esgrimir violencias, no se 
miraría como un mal el desmembramiento de 
las filas partidarias, porque eso serviría mucho 
más á las ideas que una concentración de ten- 
dencias heterogéneas, que las mata. Un partido 
se forma por la comunidad de anhelos y nó tan 
solo por las legiones de hombres porque, en bue- 
na política, es preferible que el adversario — si 
puede llamarse así — realice nuestras propias as- 
piraciones, antes que el correligionario las aho- 
gue. 

Hasta que no se encaren las luchas partida- 
rias con este criterio, será vano esperar que 
puedan turnarse los partidos en el poder. 



o 



— 48 — 




Rotación de los partidos 



Para que los partidos puedan rotar en el po- 
der, este hecho no debe significar un sacudi- 
miento cuyas consecuencias no se pueden pre- 
ver, sino un simple cambio de orientación. Sólo 
dejará de ser una idealidad irrealizable, pues, 
esta legítima aspiración de todos los partidos, 
el día que se hayan planteado sus disidencias 
precisando anhelos é ideas, y nó en el terreno 
inculto é inconsulto de las pasiones, de la vio- 
lencia, del personalismo, simplemente. 

Tiene que ser la realización de un nuevo 
ideal lo que la hace razonable, porque si el 
cambio representa una transformación total, gra- 
tuita, inmotivada, y todavía de efecto? descono- 
cidos, esto es peor que una utopía, es un paso 
en la obscuridad. 

Cada matiz político debe tener en nuestro ré- 
gimen, una acción proporcionada al núcleo de 
opinión que representa Ni más, ni menos. Bien, 
pues. ¿ Qué representaría el triunfo nacionalis- 
ta? Es imposible predecirlo. Sería tal vez una 
simple sustitución de personas en el ejercicio 
de la administración pública, para realizar ¿qué? 
Nadie lo sabe; ni lo sabe el mismo partido que 
aspira á sustituir, desde que todavía no ha re- 
dactado programa alguno en una forma concre- 
ta y categórica. ¿ Puede esto ser, pues, una as- 
piración nacional ? 

En todas partes, la oposición representa una 
idea; aquí representa una fuerza. Esa es la 
verdadera causa de las calamidades que nos 
azotan. 

Para promover un cambio, es menester exlii- 



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oir una razón. En una lucha corniola 1 , sería in- 
sensato que alguien proclamara que hace dema- 
siado tiempo que Fulano mantiene su banca y 
que.es hora ya de que le ceda su puesto; y si 
esto es una inepcia en este caso ¿cómo no ha 
de serlo para decidir del gobierno de la nación? 

Pero, entre nosotros, la oposición en vez de 
definir y enaltecer sus aspiraciones, poniéndo- 
las en transparentes y en grandes letras para 
que puedan sugestionar por su brillo, y arraigar 
en la opinión, solo se presenta una esmerada 
página literaria con algunas generalidades va- 
gas, y se llega hasta el extremo de encomiar 
los propios ideales del adversario al punto de 
compartirlos expresamente, lo cual es, como 
quiera que se mire, la negación de toda razón 
oposicionista. Es el suicidio partidario, si bien 
puede ser la aurora de una resurrección polí- 
tica. 

Pero así las cosas, vive el país en el reino 
de los absurdos. Su sistema queda por comple- 
to desnaturalizado. Fundamentalmente. 

Esa fuerza que pretende, reemplazar á otra 
fuerza < idéntica», en el ejercicio del poder, ha- 
ciendo de esto sólo su máxima aspiración, no 
puede prosperar, y si las cosas no ocurren al 
revés de toda lógica, tiene que disgregarse, for- 
zosamente. ¿Cómo va a resistir una agrupación 
de esta clase á la influencia de otra agrupación 
que, fuera de tener los prestigios y recursos del 
poder, realiza ideales concretos y avanzados, 
antes de que la otra siquiera los proclame? 

No hay manera de destronar, como no sea por 
la fuerza de la violencia ó por la influencia de 
■ la opinión. Lo primero se ha visto que es pun- 
to menos que imposible, en tan largos años de 



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ensayo, y lo segundo será más imposible aun. 
si no se sustentan ideas. 

Los propios nacionalistas reconocen lo prime- 
ro, si bien debemos creer que conservan alguna 
esperanza íntima, porque siempre son ilusos los 
que luchan y conspiran. 

Los illtimos convulsionamicntos, para excusar 
su evidente impotencia, han tenido que expli- 
carse acudiendo á la afirmación visionaria, de 
que algunos jefes colorados habrían llegado 
hasta la traición, para secundarlos. Esto acusa 
que ellos mismos ya se sienten incapaces de 
afrontar una aventura militar seria, por sí solos. 

¿ Pueden contar, entonces, sino con una fuer- 
za militar eficiente, con elementos eficientes de 
opinión, para sustituir al partido que asume el 
poder ? 

¿ Con qué nuevas ideas forjan sus concursos 
de opinión ? 

Entretanto, el partido que ejerce el poder ha 
llevado al país á un período de auge extraordi- 
nario, en todos los órdenes, — fuera de lo mu- 
cho realizado anteriormente, — abordando una 
serie de reformas avanzadas como la abolición 
de la pena de muerte, el divorcio, las disposi- 
ciones que tienden á resolver los conflictos pro- 
movidos por el proletariado, la ampliación de la 
instrucción pública, la construcción de caminos 
y puentes y otras grandes obras puna adelantada 
ley electoral, la regularización de la administra- 
ción de los recursos del Estado, hasta obtener 
pingües superávits y hasta elevar nuestro cré- 
dito, tanto en e¡ interior como en el exterior, 
considerablemente, etc., etc. ¿ Qué nuevas refor- 
mas preconiza la oposición, que hagan desear al 
país un cambio de partidos en el poder ? 




Nada se dice. Las ideas guardan silencio; pero 
cada vez que ha de abordarse el estudio de una 
cuestión grave, como ahora la reforma constitu- 
cional, el partido de la oposición en vez de ex- 
poner sus anhelos y aspiraciones, aprestándose 
á un debate trascendental de los que más inte- 
resan al país, hace circular en sus filas la con- 
signa de la unificación partidaria, y adopta una 
actitud amenazante. Las ideas, si las hay, pe- 
recen. 

Queda así subvertido fundamentalmente el ré- 
gimen democrático, y el país siempre paga las 
consecuencias. ¿ Habrá de demostrarse que ha- 
ría mucho más en favor de la oposición y en 
favor del país una buena idea, que todas las 
amenazas y alardes de fuerza, apoyados que es- 
to r ieran sobre diez mil mausers? 

Es preciso reconocer nó tan solo que no es- 
tamos' aún preparados para la rotación de los 
partidos en el poder, como fenómeno normal, 
sino también que los opositores nada hacen para 
que* ese anhelo pueda acercarse á su realiza- 
ción. 




El candidato 



La duda pone su garra sobre cualquier hom- 
bre, porque hay siempre en él algo de impene- 
trable, algo de esfinge que no logran transpa- 
rentar siquiera su lealtad, ni sus antecedentes. 
De ahí el engaño, y el temor de ser engañados. 

En. una de las más bellas campañas políticas, 
reñida y audaz, contra el oficialismo ; en una 
lucha franca por ideales que encarnaba, preci- 
samente, la candidatura presidencial del Sr 
JoséBatlley Ordóñez, y actuando con decisión — 
j limpia la conciencia como el cristal! — recibí en 
el triunfo el agravio de la sospecha. 

Ninguno, pues de los que formaron en la in- 
timidad de Batí le podrá hablaros como yo, con 
menos causa de parcialidad personal en su fa- 
vor. 

Presumo conocerlo bien, porque entre á su 
intimidad impensadamente, y todavía lleno de 
prevenciones 

Cuando una causa criminal ruidosa me obligó 
á una larga campaña periodística, dirigida en 
el sentido de reducir las ofuscaciones que en- 
tonces reinaban, é impedían la acción serena de 
la justicia yo iba á diario á las imprentas á 
pódir que siguieran examinando la causa, á me- 
dida que exponía los argumentos de defensa 
públicamente, como lo habían hecho antes con 
tanta ligereza, cuando se instruía el sumario, — 
I el sumario más parcial, descabellado ó irregu- 
lar de cuantos contienen nuestros archivos ! 

En « El Día >, que era entonces un típico cen- 
tro bohemio, yo trataba de entenderme con mi 
inolvidable amigo Arturo Santa Anná, — espíritu 



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selecto, exquisitamente selecto, — esquivando á 
Batlle, contra el cual me sentía prevenido 
porque lo reputaba un violento, más bien que 
un reflexivo, un ponderado. 

Pero Batlle y Santa Anna eran inseparables, 
y de ahí que a menudo me encontraba con am- 
bos. Así comencé á conocerlo, y ai travé» del 
celoso tamiz de mis predisposiciones contra- 
rias, poco á poco, nació asimismo mi estimación 
por él. 

Para mayor esclarecimiento, debo decir que 
entonces ni era, ni pensaba, ni habría querido 
ser candidato. Aspiraba á la sazón al consulado 
general de Inglaterra, que le había ofrecido 
Cuestas. Un día, hallándonos reunidos los tres, 
Santa Anna lo exhortaba, á que desistiera del 
propósito de ausentarse, haciéndole ver que 
nunca se encontraría en una situación igual pa- 
ra aspirar á las más altas cumbres políticas. 
Con su vehemencia habitual, el malogrado ami- 
go que tenía por Batlle idolatría, después de 
haber agotado otros recursos ante la impasibi- 
lidad somnoliente del interlocutor, le argumen- 
taba en conclusión, así: 

— Es Vd senador. Podría así fácilmente lle- 
gar á la presidencia del Senado, ; quién sabe 1 ; 
y Vd. vé que de la presidencia del Senado á la 
presidencia de la Repiíblica no hay más que un 
paso, un paso tanto mas corto y llano cuanto 
que Cuestas es un enfermo. 

Batlle parecía no escuchar siquiera las casi 
proféticas palabras del amigo. Entonces éste 
me interpeló al respecto y yo, eompelido así á 
manifestar mi opinión, dije que realmente enca- 
rado este punto con criterio humano, no me pa- 
recía un cargo muy envidiable la presidencia, 



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agregando una fiase pintoresca que mereció la 
más expontánea aprobación del futuro Presi- 
dente. 

Yo creo conocerlo ; y pienso que sus adver- 
sarios no lo han comprendido. 

A mi juicio, su característica es el culto del 
carácter, de la personalidad. Dentro de las lí- 
neas definidas, casi rudas de su acción, hay 
siempre una base de profunda reflexividad que 
la determina. De aquello, de la exterioridad eje- 
cutiva, es que nace el error; pero la energía 
incisiva de la acción si bien se observa, está 
siempre al servicio de la idea, que prevalece en 
el cuadro amplio y tenaz de todas sus luchas 
cívicas y políticas. 

No le quitan de su aplomo los apasionamien- 
tos y entusiasmos que despierta el perseverante 
y fatigoso trabajo de ponderar, por sí mismo, el 
concepto á que debe ajustarse la acción; al con- 
trario, lo estimulan y le dan una entereza ex- 
traordinaria. 

Es así que las ideas de Batlle, que todavía 
se esmera en exponerlas con nitidez, despojadas 
de todo artificio literario, sorprenden y promue- 
ven resistencias. El, que las ha examinado en 
una paciente meditación, las vé claras y convin- 
centes, y se extraña de que no hayan podido 
comprenderse ante su simple enunciación. 

Es así que su manifiesto, presentado con so- 
berbia llaneza republicana, hace el exámen de 
la actualidad de un modo intenso y magistral, 
y al descubrir con pericia de clínico el origen 
orgánico de nuestras perturbaciones, propone 
el remedio sencillamente, aun con detrimento 
de la propia autoridad que se le va á confiar. 
Esa es una obra de sesudo estadista y de sin- 



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cero demócrata, que aspira á la efectividad del 
gobierno del pueblo por el pueblo. 

Él estudia directamente las necesidades Pú- 
blicas, nó en el campo de las teorías sino en el 
de la realidad; y los mismos convencionalismos 
y rutinas más admitidas, le despiertan el deseo 
de hacer su revisión. Mientras otros leen, sim- 
plemente, él observa, piensa, investiga. Ese es 
el secreto de su fuerza moral, y es la fuente 
de sus admirables energías. 

Si resulta « extremoso en sus convicciones co- 
mo si les atribuyera una bondad absoluta >, co- 
mo dice el manifiesto nacionalista, no es por 
espíritu de prepotencia, según se cree, es por 
convicción adquirida en un esfuerzo investiga- 
torio, tenaz; es porque ama sus ideas. 

Tanto en su actuación anterior á la presiden- 
cia como en la presidencia misma, se ha preo- 
cupado siempre de construir seriamente el con- 
cepto de la nacionalidad, en la órbita de las 
ideas . Esa es su grandeza. 

Batlle no es de los que creen que el estadista 
debe ir á remolque de los convencionalismos 
ambientes, sino al contrario, piensa que el esta- 
dista debe influir lo más eficazmente que le sea 
dado en el avance ideológico, y por eso es que, 
más que de servir á las rutinas consagradas y 
más que de los vanos eufemismos y diplómateos 
usuales, se preocupa de las ideas, de los con- 
ceptos, de lo que es substancial, fundamental. . 

Esta es la arcilla con que se, modelan los 
hombres superiores. 




Perfilando más al candidato 



Muchos de los adversarios de Batlle lo repu- 
dian, sencillamente, porque no lo han compren- 
dido. Nada es más falto de razón y de verdad 
que presentarlo como un ofuscado, como un vio- 
lento, como un impulsivo. 

Se comprenderá que me hallara incitado por 
el afán de descubrir más y más en hondo las inti- 
midades del hombre á quien había observado 
en otro plano antes de la presidencia, y que 
tratara de interrogar de todas maneras á la... es- 
finge, aunque no fuera más que para verificar 
mi juicio anterior, comparándolo con el que ofre- 
cía el alto funcionario en medio de sus enormes 
prestigios, responsabilidades y tareas el que, 
poco á poco, me escatimaba sus confidencias, 
cada vez más. 

Y, asimismo, pude confirmar mis impresiones 
precedentes, en lo que es fundamental. 

Se le supone intemperante poique tiene una 
voluntad de hierro ; se le supone terco y prepo- 
tente porque es pasmosa su firmeza; intolerante 
porque tiene ideas propias y exclusivista, porque 
opta por sus convicciones adquiridas con un tra- 
bajo perseverante, obstinado, de benedictino, an- 
tes que por seguir el curso indolente de las ruti- 
nas. 

Lo que es su mayor mérito se torna así en 
una causa de resistencia ¿Qué digo? ¡En ban- 
dera de guerra! 

Cultor de la justicia, ha podido enamorarse 
de las orientaciones modernas que tienden á rea- 
lizar el postulado de la igualdad : anhelo que 
deslumbra á todo aquel que sepa concebirlo con 



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largueza, hasta por conveniencia y egoismo so- 
cial, si se encaran en un plano superior, lícito. 

Esto solo denotaría al psicólogo menos sagaz, 
que su alma está abierta á la confraternidad 
humana, y donde anide este concepto y se lu- 
che por sustentarlo hasta sacrificar la tranqui- 
lidad personal desde la cumbre del poder, que 
es un doble sacrificio, es imposible que también 
allí anide el odio vulgar, la lóbrega estrechez 
de las pasiones inferiores. 

Durante la guerra de 1904, por mi cargo en 
la Junta de Auxilios estaba obligado á una fre- 
cuente comunicación con el gobernante, y agui- 
joneado por mi afán de escrudiñar ese antro 
inexcrutable de la intimidad subjetiva, debo de- 
clarar ante todo que ha arraigado en mi espí- 
ritu la convicción de que es imposible transpa- 
rentar por completo un alma. Esto nos lo ense- 
ña la vida ordinaria todos los días, y no lo 
aprendemos jamás. 

Son únicamente los actos externos los que pue 
den darnos una resultante que nos deje ver, nó 
los secretos más íntimos, sino las influencias 
psíquicas predominantes en cada ser, y sólo asi 
es que podremos valorarlo. Las observaciones 
deben hacerse de efecto á causa, y nó preten- 
diendo por una audaz inducción descubrir la 
verdad, para tener luego que agotar nuestro in- 
genio en comprobar tal aserto aventurado. Esta 
es la clave de casi todos los yerros humanos ; 
y nuestra petulancia no se ha rendido ni se 
rinde, sin embargo, ante la eterna probanza de 
la realidad que nos deja escapar cada día los 
hechos más claros y angulosos, de entre los 
mismos que caen bajo el dominio directo de nues- 
tros sentidos. 



- 58 - 




Si bien el hombre público debe ser examinado 
del punto de vista de su pericia, más bien que 
en su faz ética, heridos ya los vínculos amisto- 
sos que me unían á Batlle, me sentía azuzado 
por el deseo de penetrarlo en su emotividad, 
para conocer sus resortes afectivos, y un inci- 
dente ocurrido al finalizar la luctuosa guerra de 
1904, me permitió explorarlo eficazmente en este 
sentido. 

Después de los largos meses de agitación y de 
zozobra, transcurridos en la dirección de las 
operaciones de esa guerra que lo ocupaba y 
lo preocupaba á toda hora, y que lo amargó 
tanto más cuanto que él seguía paso á paso la 
lentitud desesperante de sus movimientos y lo 
imprevisto de sus vicisitudes, de esa misma gue- 
rra que á juicio de sus adversarios él « preparó 
prolijamente >, y «provocó» con la fruición con 
que un antropófago podría apercibirse para un 
festín sangriento; de esa misma guerra que, en 
realidad, desbarató sus planes más patrióticos 
de gobierno, tal como él los madurara antes, 
podéis imaginaros si deseaba la terminación 
de la guerra, ¡y todavía por una victoria! 

Se estaban esperando con ansiedad las noticias 
de una batalla que, de un momento á otro, de- 
bía librarse. Era la batalla terminal de Masoller. 
Yo estaba á su lado, y estábamos solos. 

Sus impaciencias debían ser torturadoras. 

Comenzaron á recibirse las comunicaciones, y 
se le anunció que, entre los muchos caídos, es- 
taba mortalmente herido Aparicio Saravia. 

Y bien, con los ojos húmedos de emoción, me 
dijo: «¡Pobre hombre! Lo han llevado al sacri- 
ficio las pasiones políticas, y es un gaucho 
bueno ». 



- 59 - 




Esta espontánea manifestación que brotó de 
sus labios en aquellos instantes, me hizo creer 
una vez más que en su alma no impera el odio. 



(ó) (ó) 



— 00 — 




Gobierno de partido 



Parece que la causa de las actuales pertur- 
baciones fuera lo que expresa Batlle respecto a 
la < coparticipación > tradicional, fundada has- 
ta aquí en un criterio arbitrario. 

La imaginación borda sobre este punto los 
más caprichosos arabescos. Hasta parece enten- 
derse que el propósito de Batlle fuera el de 
proscribir del gobierno á todo lo que no forme 
en las filas del partido colorado : lo cual es un 
profundo, un profundísimo error. 

En plena era de « confraternidad », cuando el 
régimen de la coparticipación llegó al extremo 
de dar al país dos autoridades, las amenazas 
guerreras eran tanto ó más frecuentes que aho- 
ra. Con cualquier motivo se hablaba de ir a-las 
cuchillas. 

Era casi un sistema la amenaza. 

De ahí surgió el grito de Batlle, que lo di- 
vorció del partido nacionalista. 

Batlle proclamó la necesidad del gobierno de 
partido, (entiéndase del gobierno de ideas, en 
oposición al gobierno á base sentimental ) por- 
que desesperó de la política de confraternidad 
empírica, que se estaba ensayando. Se pudo ver 
claro entonces, que ese régimen no podía. ser 
definitivo. 

Es infundado pensar que lo hiciera por espí- 
ritu de exclusivismo, porque nunca lo había ma- 
nifestado ,y, por el contrario, ese radicalismo 
condenable diverge de la línea general de sus 
antecedentes públicos, bastante largos y defini- 
dos, por cierto. 

El gobierno de partido era una reacción sobre 



- Gl — 




el régimen político prac ticado durante el go- 
bierno de Cuestas. Era optar por la vida nor- 
mal que fijan las instituciones, una vez que el sen- 
timentalismo confraternal fracasaba; pero tal 
cosa no significaba ni significa para Batlle el 
gobierno con sus correligionarios y para sus 
correligionarios, excluyendo de la gestión pú- 
blica á los demás, como parece entenderse. No, 
para él eso significa gobernar con las ideas y 
tendencias de su colectividad y con su propio 
criterio dentro de la unidad institucional, es 
decir, aplicando al funcionamiento del gobierno 
las tendencias que él reputa mejores, lo cual 
no importa rechazar los concursos que puedan 
secundar esa obra, provengan de donde proven 
gan, ni implica que se proscriban los demás ma- 
tices de opinión, ó que se desconozca su legi- 
timidad. 

El gobierno de partido, pues, fué una conse- 
cuencia de la era de supuesta confraternización 
ininstitucional. Si bien se observa, equivalía á 
proclamar la necesidad de volver al imperio de 
la institucionalidad plena, buscando dentro de 
ella las reglas de convivencia, como lo hacen 
todos los pueblos civilizados. Pero aquí hemos 
vivido proclamando las reglas de excepción, im- 
buidos por nuestro sentimentalismo que hasta 
nos hizo pensar que no éramos un pueblo, como 
todos los demás, y por eso -la actitud de Batlle se 
consideró indeliberada y pasional, cuando en rea- 
lidad era pasional é indeliberado el juicio que 
á este respecto se formuló. « 

Es tal el desconcierto engendrado por nues- 
tros añejos convencionalismos sentimentales, 
que el propio manifiesto nacionalista creyendo 
fundar un cargo grave contra el candidato, ha- 



— 62 - 




ce su mayor elogio al presentarlo como un 
hombre de convicciones propias, y muy defi- 
nidas. 

Si no fuera así, debería entenderse que se 
hace la apología de la mediocridad, como con- 
dición superior de gobierno. Y en efecto, no es 
la primera vez que se expone esta idea, que yo 
reputo inaceptable para nosotros, más que para 
nadie. 

Si las naciones organizadas no requirieran 
más que vigilar pasivamente el mantenimiento 
del orden, sería erróneo pensar que eso mismo 
puede convenir á un país como el nuestro, don- 
de no estamos aún bien organizados, y donde 
todo está por hacerse. Seguir con criterio si- 
miesco reproduciendo lo que otros hacen, ó en- 
tender que nosotros debemos reprodueiiyaquí has- 
ta las mismas causas de resistencia reacciona- 
ria, porque otros países no han podido dejar de 
sentirlas, sería una aberración. 

Si á algún estadista europeo se le hiciera sa- 
ber que en el nuevo mundo también actúan tan 
irreflexivamente las fuerzas reaecioaarias, ex- 
clamaría: ¡No diga! Aquí estamos luchando por 
ideales modernos en estas viejas sociedades 
que tienen tantas tradiciones, muchas veces se- 
culares ¿y allá luchan por obtener lo que repu- 
diamos?! Y todavía involucionan revoluciona- 
riamente ? Mientras nosotros bregamos por mo- 
dernizar estas añosas sociedades cultas, en el 
campo de la evolución pacífica ¿ bregan ustedes 
por anticuar sociedades nuevas, vírgenes, y to- 
davía lo hacen revolucionando ? 

— Mes complimenfs , messieurs! 

Lo que Batlle entiende por gobierno de par- 
tido es el gobierno institucional, según se prac- 



- G3 — 




lica en todas partes, tratando de obtener den- 
tro de la institucionalidad todas las reformas 
requeridas, para que la legalidad sea *una regla 
de justicia y de fraternidad entre todos los miem- 
bros del organismo politico> ; en dos palabras, 
él anhela que sea la ley quien depare los bene- 
ficios de la convivencia confraternal, la misma 
convivencia que realizan todos los pueblos ci- 
vilizados del orbe y no, como se pretende por 
la oposición, tan inconsultamente y contrarian- 
do sus propios intereses y los del país, que se 
confíe este supremo bien á los precarios é in- 
ciertos tanteos de nuestro prurito sentimental. 

Lo que se llama gobierno de partido no exige 
la exclusión del adversario, lo cual sería senci- 
llamente monstruoso. Es el gobierno de las mayo- 
rías, aplicando la ley dentro de la ley; pero 
para eso es necesario salir del terreno de lo 
eventual y arbitrario, á fin de cimentar sobre la 
base firme de la legalidad, las reglas á que han 
de ajustarse las coparticipaciones de los núcleos 
de opinión, que no podrían ser excluidos de in- 
tervenir en la gestión pública, sin atentar de un 
modo salvaje contra lo que es más esencial y 
fundamental en el régimen democrático. 

Decir que esto es fruto de exclusivismo, es 
tan antojadizo como afirmar que no es esto 
mejor, ni más científico y generoso que el otor- 
gar alguna cartera ministerial á título preca- 
rio i y puramente decorativo 1 



o 



- (J4 — 




El Veto 



De la proclamación de la necesidad del gobier- 
no de partido nació la prevención de los nacio- 
nalistas hacia Batlle, que determinó la negativa 
del voto de los mismos, á pesar de que ya era 
candidato proclamado por una mayoría de elec- 
tores, y de tener así su triunfo asegurado. Este 
acto de hostilidad personal fué enteramente im- 
político, como quiera que se mire. 

El partido nacionalista comenzaba á sentir los 
funestos efectos de su militarización. 

Vino en seguida el alzamiento de Marzo, y 
poco después otro conflicto promovía la san- 
grienta guerra de 1904, la que concluyó por una 
derrota militar, y por un sometimiento que pri- 
vaba al partido nacionalista de las posiciones 
conquistadas en 1897. 

Batlle debió lógicamente deducir las conse- 
cuencias de la victoria, para realizar su idea de 
devolver al país el imperio de la institucionali- 
dad que era á la sazón, por lo demás, una as- 
piración nacional. 

Pero en esa etapa, la propaganda de la pren- 
sa más adicta al gobierno tomó un tono altiso- 
nante que, si pudiera alguna vez convenir,, no 
cuadra con la posesión del poder, cuya soberbia 
es siempre inexcusable. . Esa propaganda, á mi 
modo de ver, debió ser serena y persuasiva, lo 
que no le quitaba firmeza y habría acentuado por 
el contrario su eficacia ; y acaso hubiera permitido 
á la agrupación sometida una evolución que no 
implicara el inhumano sacrificio de la dignidad. 
Hasta se interpretaban mejor así las tendencias 
liberales de nuestro partido, y el propio espíritu 



— 05 — 




amplísimo que informa al criterio moderno, cada 
vez más amplio. 

No sé de veras porqué Batlle no puso su in- 
fluencia en tal sentido, mas no debe creerse que 
sea por intemperancia por cuanto es otra, ente- 
ramente otra, como se ha visto, su caracterís- 
tica ¿Acaso creyó útil dejar que se mantuviera 
presente el hecho de la victoria, para facilitar 
la vuelta á la legalidad ? ¿ Pensó quizás que era 
indispensable disolver por eso medio el espíritu 
anárquico de los rebeldes, para poder fundar so- 
bre su impotencia militar evidenciada la paz in- 
terna, definitivamente ? 

Puedo afirmar que no fué nunca un pensa- 
miento de Batlle el hacer gobierno exclusivista, 
á pesar de tidc lo que quiera forjarse á favor 
de algunas apariencias ; y creo que aún cuando 
haya sido severo con los nacionalistas vencidos, 
esto no fué una espontaneidad de su alma — 
asimismo cuando fuera un error político, — des- 
de que manifestaba, como es sabido, que otro 
gobernante podría otorgar concesiones que él no 
había podido hacer. Si, pues, hubiera interveni- 
do en su conducta el aguijón consiguiente á la 
injusticia con que se le había tratado por el ad- 
versario — reacción que debió producirse tanto 
más honda cuanto que la ofensa y la agresión 
fueron injustificadas — es forzoso pensar que en 
el fondo obedecía á una convicción. No á impul- 
sos pasionales, según se cree. Es humano pre- 
sumir, sin embargo, que estos antecedentes lo dis- 
tanciaron á Batlle de los nacionalistas más y más, 
por lo mismo que habían actuado antes como 
aliados, en una larga campaña. 

Pero, sea lo que fuere ¿ con qué derecho se 
pretende vetar su candidatura? 



- GO — 




Admitido que hubiera una ancha base de re- 
sentimientos, nó de atávicos odios en los que no 
puedo creer; admitido que se temiera que Batlle 
volviese á reproducir en todo los mismos linca- 
mientos de su gobierno anterior ; admitido que 
Batlle conservara en su espíritu todos los sedi- 
mentos de su precedente actuación presidencial, 
á pesar de los años transcurridos en el aleja- 
miento aleccionador y sedante, y aún avivados 
que estuvieran hoy por la reproducción de las re- 
sistencias que de nuevo despierta su candidatura 
¿habría una razón nacional bastante, para sacri- 
ficar los principios institucionales comprometi- 
dos por la imposición de la amenaza, sobre la 
decisión de la Asamblea? 

No, nada en ese terreno, ninguna solución nos 
indemnizaría de los perjuicios y contingencias 
siempre adversas de la anormalidad. 

No puede desconocerse que la cuestión plan- 
teada por el partido nacionalista afecta princi- 
pios esenciales de nuestro régimen institucio- 
nal, y que si por desgracia triunfara ese propó- 
sito, habríamos vuelto á resucitar el fantasma 
terrible que perturbó por tantos años la tranqui- 
lidad del país. Es una cuestión de principios, 
pues, la que se plantea. Está una vez más en 
tela de juicio la institucionalidad y esta debe 
sustentarse de todas maneras en bien del país, 
porque cualquiera de las soluciones que se obtu- 
vieran en el terreno extralegal sería peor, mu- 
cho peor, que la peor de las soluciones en el te- 
rreno de la legalidad. * * 

Lo que obstaculiza, pues, la solución de los 
graves problemas de la actualidad es la ame- 
naza, porque si en vez de presentarse la oposi- 
ción en esa forma, expusiera sus aspiraciones 



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fundamentales llana y francamente, como debe 
hacerse* todavía hoy podrían hallarse dentro de 
la más estricta legalidad, fórmulas que satisficie- 
ran todos los anhelos legítimos de la opinión. 

Felizmente, la reforma constitucional está so- 
bre el tapete y pueden así dirimirse los con- 
flictos que se planteen, dando satisfacción á to- 
das las aspiraciones patrióticas. Hasta podría 
arbitrarse quizás la misma entrada de miembros 
del partido nacionalista al Cuerpo Legislativo, 
librando á la situación que viene de ese lunar 
molesto, que produjo la abstención. Nadie más 
ni mejor que Batlle está indicado para acometer 
la reforma en un plano democrático, buscando 
soluciones dentro de la equidad y de la frater- 
nidad, que exhibe como íntimos anhelos en su 
programa y que solo se dificultan por la ame- 
naza, como fruto exclusivo de una ofuscación 
que á no dudar, está engendrada por un mal- 
entendido. 

Si la acción del patriotismo despejara de una 
vez nuestra mente de estas nubes que la per- 
turban, podríamos asistir ahora mismo que nos 
parece tan obscuro el horizonte, á la iniciación 
de nuestros días más venturosos. 




Iniciativas que avanzan 



Acaso asistimos al epílogo de nuestro pleito 
sangriento, casi secular. Cualesquiera sean las 
apariencias, nuestra cultura avanza y, al ele- 
varse la razón pública, condena la violencia cada 
vez más informada de que es un medio de ac- 
ción regresivo, y contraproducente. Ni el poder 
mismo, con ser más fuerte puede usar impune- 
mente de la fuerza. ¿ Podrá hacerlo con prove- 
cho la oposición ! 

Es menester que nos acostumbremos á buscar 
las soluciones, por difíciles y apasionantes que 
sean, en el debate, sin salir del aro de la lega- 
lidad, si queremos obtener todos los beneficios 
morales, sociales, políticos y económicos más 
anhelados, por cuanto fuera de allí solo se . re- 
cogen decepciones. Y si aspiramos á extender 
la autonomía popular, distribuyendo hacia todos 
los extremos del organismo cívico y político el 
poder y la influencia que tiene en un solo haz 
la presidencia ; si queremos transformar esta de- 
mocracia aparente y que es, en fin de cuentas, 
una autocracia efectiva, en verdadera democra- 
cia, en la cual el pueblo influye decisivamente 
porque es y debe ser el pueblo quien más in- 
fluye en' las orientaciones del gobierno, tenemos 
que marchar en un sentido muy distinto del que 
hemos seguido hasta la fecha. 

Se dice demasiado á menudo que las iniciati- 
vas deben partir de arriba, es decir, del gobierno 
y yo creo, en cambio, que sea bueno ó malo el 
gobierno, las iniciativas deben partir del pue- 
blo: si es bueno, para secundarlo y si es malo, 
para coercerlo. El pueblo no debe abandonar 



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jamás su derecho, porque no tiene más que un 
medio para emanciparse, y es demostrando su 
capacidad. 

Es indispensable que nos pongamos en el caso 
de poder discutir sin disputar, conservando la 
serenidad que acompaña á la convicción y á la 
conciencia, del derecho. Eso es indispensable para 
ascender, para mejorar ; y si acaso alguna vez 
nuestras razones son tales que nos hagan cris- 
par los puños i pase 1 ; pero que no sean exclu- 
sivamente los puños nuestras razones. 

Para obtener esa serenidad tenemos que lle- 
nar nuestra causa y nuestro pensamiento de ideas, 
de conceptos, y no de artificios y de engañosos mi- 
rajes. Si nos inspiramos en la pasión, ella nos 
traicionará de seguro, inhabilitándonos por lo 
menos para el debate fecundo. Por eso es que 
aquí no se delibera. Aquí se declama. 

Ningún país como este, tan generoso, podría 
brindarnos mayores bienes, si supiéramos con- 
vivir. La misma raza tiene energías y altiveces 
que, puestas al servicio de ideales razonados, 
habrían de producir todas las florescencias de 
la cultura más avanzada. Nuestro defecto capi 
tal es la pasión. Hemos sido educados á base 
emocional más bien que reflexiva, y de ahí que 
tan amenudo se sienta la explosión inconsulta, 
destruyendo la obra acumulada por las eclosio- 
nes fertilizantes del esfuerzo pacífico, por las 
energías constructivas desplegadas en el campo 
de la ciencia, del arte y de la industria. 

Nuestra misma sociabilidad recibe las reper- 
cusiones consiguientes á este proceso de violen- 
cia pasional, impidiendo el desarrollo de las cua- 
lidades civiles que mejor podrían engendrar el 
florecimiento de las ideas, con sus innumerables 



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derivaciones tochas beaéücas las que, esparcidas 
por la economía nacional, habrían de fructificar 
provechosamente 7 en múltiples formas, las más 
inesperadas. 

Felizmente, en medio de estas sacudidas deses- 
perantes, parecen iniciarse nuevos concursos bo- 
nancibles. Un el orden político, que es el que obs- 
taculiza más nuestros avances, comienzan á ale- 
tear ideales superiores, y ya se esbozan también, 
aunque tímidamente, los anhelos que interesan 
más en los centros cultos. No se vive ya pen- 
sando que la tradición es la única fuerza diná- 
mica que puede agitar nuestro cerebro, con sus 
odios ; al contrario, se busca en la tradición lo 
que hay de superior para encauzarlo en orien- 
taciones científicas, y esto es por sí solo muy 
auspicioso. Una mayor complejidad de ideas y 
de aspiraciones, que es la característica- dé la 
cultura social, tendrá que operar una serie de 
evoluciones convergentes hacia una finalidad 
verdaderamente nacional, sin los desgastes pe- 
riódicos dei choque violento. Las oposiciones 
entonces serán saludables como una depuración 
y nó destructoras, como los corrosivos. 

Quizá esta misma borrasca que se cierne ame- 
nazante sobre el país, pueda ser disipada bajo 
la acción reflexiva de las ideas, y nos anuncie 
así una serie de auroras luminosas. 




Nota. — Por error se ha traspuesto el capítulo 
< Rotación de los partidos >, que debía preceder 
al que le antecede, con arreglo al original. 



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